Redescubriendo a Quevedo

00301LIBMUFrancisca Moya del Baño  (Cieza, 1942), catedrática de Filología Latina desde 1972 hasta 2012 en la Universidad de Murcia, en la que permanece como Profesora Emérita, acaba de publicar un asombroso y monumental libro titulado  Quevedo y sus ediciones de textos clásicos. Las citas grecolatinas y la biblioteca clásica de Quevedo. El sello universitario Editum y la magnífica colección Signos acogen este volumen de más de quinientas páginas, en las que la profesora Moya del Baño ofrece, ordenadas por obras y autores, todas las citas de textos clásicos que, en latín y griego, incluyó Quevedo con el fin de argumentar, con autoridad más que competente, algunas de sus agresivas ideas y muchos de sus avanzados pensamientos.

 
Tras la lectura de este inmenso libro podemos obtener algunas conclusiones muy valiosas. En primer lugar, que el trabajo del filólogo es fundamental para entender a un autor, su obra, su forma de pensar y sobre todo para comprender toda una época. Estamos hablando nada menos que de Francisco de Quevedo, una de las personas más inteligentes que circularon por la corte y por la época de Felipe IV. Entre tantas sombras, que pudo vislumbrar en su vida en la corte y fuera de ella, las luces de sus ideas brillaron con un fulgor inagotable. Ni las persecuciones, ni los sufrimientos ni los desprecios jamás nublaron su mente lúcida y clara. Otra conclusión que hay que obtener es que Quevedo no cita a los clásicos ni por presumir ni por lucirse, los cita porque los necesita, y sobre todo los cita porque los conoce y son sus lecturas de cada día, las mismas que le otorgan y transmiten esa fortaleza indeleble que, aún hoy, poseen sus escritos.
El trabajo de Francisca Moya descubre muchas más cosas. Por ejemplo, que Quevedo disponía de ediciones excelentes en las que leer a los clásicos, algunas antiguas y otras recientes. Seguramente las poseía entre sus libros o las había consultado en las bibliotecas de los nobles que pudo frecuentar, pero lo que parece claro es que su inteligencia excepcional y su prodigiosa memoria conseguían que estas frases fueran su alimento diario, y eso es lo que el lector actual percibe sin problemas, tras leer el libro de Francisca Moya.
Ella ha tenido la paciencia de  localizar las ediciones que Quevedo manejó o pudo manejar para cada una de las citas, las ha completado e incluso ha corregido, en algunos casos, los errores o las erratas que los impresores de la época pudieron cometer y transmitir.  Y, tras esto  —y después de muchas horas en la Biblioteca Nacional de España y en otras de diversas ciudades españolas y extranjeras—ha conseguido reconstruir lo que podemos denominar la «biblioteca clásica» de Quevedo, es decir el conjunto de obras que acompañaron al ingenioso escritor áureo en su largo caminar por su vida y su literatura. Y esto es tan cierto que algunas de las ediciones que Moya del Baño ha manejado estuvieron, con toda seguridad, en su mesa de trabajo, porque se conservan, debidamente catalogados, ejemplares que llevan su nombre y e incluso su firma y rúbrica, en cuyos márgenes ha podido leer anotaciones manuscritas de la propia mano del gran Quevedo.
Y, por último, un regalo añadido, y sin duda el más importante que todos los filólogos hemos de celebrar y valorar en extremo: asistimos al diálogo entre Quevedo y los clásicos, una relación de intimidad literaria y filosófica que nos redescubre a un Quevedo, siempre tan admirado por todos, ahora muy nuevo, un Quevedo con aún mayor estatura intelectual, un Quevedo siempre inagotable, imprescindible en la historia de la literatura y de la cultura de España y de Occidente.

Descubrimos, además, como señala Moya del Baño, que Quevedo era un grandísimo lector, y que a veces una cita de un par de líneas, evidencia que había leído el libro completo y había asimilado, del mismo modo, la lección total de ese escritor citado.
Francisca Moya del Baño, especialista internacionalmente reconocida en la mitología y su pervivencia en la literatura, en la mitografía, que aprendió de su maestro el inolvidable profesor Antonio Ruiz de Elvira, condujo sus caminos en la madurez hacia la investigación de la pervivencia de los clásicos en el humanismo español, y en ese campo, además de sentar cátedra, creó escuela y permitió que filólogos hispánicos aprendieran mucho y bueno de esta filóloga clásica, que ha demostrado que la lección de los clásicos grecolatinos es inagotable, algo que consideraban nuestros escritores del Siglo de Oro absolutamente normal, cotidiano y básico.

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