Una estrella amarilla

Hay pueblos que son producto de un libro y de un viaje. Un viaje hacia las contradicciones de su identidad, del sueño de una tierra, de un lugar en el que su historia sea real y no un libro donde la culpa, la palabra, los adversarios, la ley tienen mucho peso. Uno de estos pueblos es Israel y uno de los lectores de ese libro, de esa identidad, de ese permanente viaje interior es un escritor que también es cineasta. Un hombre superviviente del Holocausto que convirtió a sus padres en supervivientes y que, tal vez por eso o quizá no, carece de miedo para escribir sobre los demonios de su país. Ha vuelto a hacerlo en un libro de relatos sobre la realidad, Los siete años de abundancia,  que nace de los siete años en los que Etgar Keret ha ido dejando huella caligráfica en su bitácora existencial: el nacimiento de un hijo y  la muerte de su padre son los dos horizontes contrapuestos. Los pilares de unas historias con las que se explica su raíces, su mirada sobre la vida, sobre el mundo, sobre la familia en la que hay una hermana ultraortodoxa cargada de hijos y un hermano que fuma marihuana mientras sueña con la paz vertical, -metáfora de una sociedad plural, compleja, en la que el terror, la guerra, la muerte es algo que sucede con naturalidad y condiciona una rebaja en la suscripción de los canales de televisión, influye en las decisiones de compras inmobiliarias o un ataque terrorista sirve de excusa para volver a llamar a un exnovio.

Siete años de abundancia son los que se inician con el nacimiento de su hijo. El destinatario de una búsqueda sobre el sentido de la vida y del combate en Israel, acerca de la violencia como amenaza, como discurso, como lenguaje y memoria. Una violencia veraz, ambigua, explícita en la intransigencia, en el envaramiento hostil de la ortodoxia religiosa que es un arma ideológica, en la mezquindad del que vuelve la espalda al conflicto en una imposible neutralidad, en el miedo y la tensión que contaminan la convivencias, la vida cotidiana, las relaciones sujetas a prejuicios, paranoias, comportamientos xenófobos. Un escenario cotidiano al que el humor negro y la audacia del pensamiento de Keret convierten en magistrales piezas de tragicomedia cada una de estos textos en los que lo literario, la mirada documental, la observación cinematográfica y el bodegón de familia se entremezclan con una prosa punzante, una inteligencia benevolente, un optimismo que en el fondo es una forma de amor hacia el ser humano y hacia el país que, paradójicamente, tiene una estrella amarilla invisible: la que los definiría como víctimas de sí mismos.

No es fácil  escribir como Keret. Tal vez él y Grosman sean dos tipos lúcidos, dos brillantes autores, capaces de  preguntarse acerca de la frontera que separa una lucha entre víctimas y victimizadores. Lo mismo que un padre le explica al verano de sus hijos que hay una línea roja entre matar insectos y matar ranas. Igualo que las explicaciones de por qué a un padre con cáncer y de avanzada edad se le puede extirpar la lengua y no pasa nada, como ocurre con el señor Keret. En un hospital sucede cualquier cosa. Un escritor entra para ser padre y otros padres, a los que encuentra en una situación protagonizada por víctimas de un atentado suicida, le preguntan si su inminente vástago se unirá al ejército  cuando tenga dieciocho años.

Hay en estas 35 historias armadas entre la realidad y la ficción, la experiencia personal y familiar, taxistas, camareros, editores, compañeros de vuelo, familiares jasídicos, militares, atentados, festivales literarios, efectos sentimentales de la oración, cuentos y anécdotas que convierten este libro cabalístico e inteligente en un magnífico aguafuerte sobre Israel. Me quedo esperando con ganas al próximo Keret.

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