¿Por qué son tan serios, muchachos?

Captura de pantalla 2015-01-24 a las 23.18.15Lo que Julio Cortázar extrajo de la actitud de su amigo Fredi Guthmann le proveyó de fortaleza literaria y se encuentra latiendo en al menos Historias de cronopios y de famas (1962), en Rayuela (1963) y en La vuelta al día en ochenta mundos (1967). La documentada biografía que ha escrito Raquel Arias Careaga aporta datos al respecto y otros más, muy valiosos también, que permiten aventurarse en lecturas novedosas de la inagotable obra del argentino.

Salta a la vista que Julio Cortázar siguió escribiendo las Historias de cronopios y de famas después de haberlas publicado en 1962. Las Historias no ofrecían una clasificación antropoliteraria completa (famas,
esperanzas, cronopios). Faltaba la cuarta figura: el piantado, a duras penas el único vórtice de la clasificación. Cinco años después de las Historias, Cortázar publicó La vuelta al día en ochenta mundos, maravilloso libro-valija, recuerda R. Arias, que lo llamaba el autor, divertimento en el que irrumpe el encanto del piantado entre los más emotivos episodios de cronopios queridos por todos. En las páginas intituladas

Del gesto que consiste en ponerse el dedo índice en la sien y moverlo como quien atornilla y destornilla se reúnen por lo menos una decena de casos. El piantado se define por su excentricidad y es la clave de la clasificación de las Historias. El espacio del piantado está acotado por el criterio y el carácter opresor del cuerdo. Éste queda sucesivamente de lado en las Historias. Pero el piantado tampoco es un cronopio. De él
y de famas y de esperanzas tratan las Historias, explícitamente o no, pero de cabo a rabo de su Índice.

La caricia más profunda(¿curriculum vitae de G. Samsa?) precede las páginas de La vuelta consagradas a los piantados. En este relato está escondida la clave de la clave de las Historias. Al avanzar en las últimas
sesenta páginas del almanaque que es La vuelta el lector ya anda a cuestas con lo trágico del piantado.

Aunque el lector retroceda hasta la mitad del libro para recuperar el ánimo mirando la foto del ‘enormísimo cronopio’ L. Armstrong, lo trágico del piantado ya le habrá inundado. F. Guthmann
es el más ilustre de los piantados. Él sí es la clave de la clave de la clave.

R. Arias dice que Cortázar no era un bohemio y que por ello no siguió los pasos de Guthmann. Encararon la vida de manera muy distinta. Guthamnn dejó de escribir, abandonó la poesía pero nunca a sus amigos poetas, los apoyaba; su creencia de que toda palabra era inútil sacudió a Cortázar que no podía ni quería seguirlo «en esa senda para él perturbadora». Con estos datos la biografía de Cortázar se torna irresoluble.
R. Arias recoge el anhelo de Cortázar por vivir lo que no se puede aprender leyendo, tampoco escribiendo. Cortázar encontró la máxima expresión de esta tensión biográfica en autores que respetó profundamente,
el cubano J. Lezama Lima y el montevideano J. C. Onetti, maestros de maestros sin discípulos.

Cortázar escribió: «Apena comprobar que el número de piantados aprovechables para la cultura sigue
por debajo del de los cibernéticos y/o estructuralistas, y por eso nos toca a los cronopios dar a conocer la labor de todo piantado sobresaliente que vayamos vislumbrando, máxime cuando ellos no hacen
gran cosa por manifestarse». El cronopio interrumpe sus composiciones para salir a buscar piantados porque, según Cortázar, «el mundo será de los piantados o no será».

Son demasiados los biógrafos que se empeñan en armonizar en un mismo autor una actitud subversiva y comprometida, como si lo segundo aportara seriedad y relevancia a lo literario. Cortázar inició su andadura
en Casa tomada, relato que contó con el apoyo de Borges. Desde el título del libro de R. Arias queda anunciado el que es quizá el paso más preocupante en el oficio de escribir, el intersticio más vertiginoso. Y
lo es porque entre la subversión y el compromiso se abre una hendidura de cuyo relleno quizá la escritura no debiera ocuparse, para evitar su vuelco. La equivalencia entre vida y obra ha sido enmendada por múltiples escritores que han dedicado su vida a escribir. ¿Cortázar vs Guthmann?

Al final de una admirable biografía persiste la pregunta. En ese paso, ¿de dónde a dónde se pasa? ¿Falsos pasos? ¿La narrativa exonera de lo biográfico hasta poder renunciar a la vida para escribir o se renuncia
a la escritura para vivir? La biografía de un escritor ha de ensayar la relación entre la palabra y la vida. En el jazz encontró Cortázar anudadas a ambas, indiscernibles, y en Rayuela las presentó con Oliveira y la
Maga, cíclopes besucones. A ambos les protegió la ‘luz negra’ del jazz, música que fecundó la escritura del imparable parisino.

Los lectores, los de acá, los de allá, los de todas las direcciones que quedaron por indicar en el tablero de juego, supieron reconocérselo, y aun es así para quienes lo leen a la vez que leen lo que él leyó escuchando
jazz para reanudar constantes el aprendizaje junto a los amigos con los que la embriaguez lectora de no hace tanto amortiguó cada caída, las que se daban en los preciosos años sin fin de insaciables búsquedas, de literatura cortazariana, persistente reclamo de diversión aún.

Be Sociable, Share!

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *