Intensidad lírica

00611LIBMUHace ya muchos años leí La madre tierra de un autor soviético  en donde latía con tremenda conciencia la comunión íntima entre hombre y naturaleza, esa unión telúrica, mística y poética que atravesaba de parte a parte el alma de aquella obra. Y la he recordado porque leyendo a este trovador americano —del que nada sabía— he recuperado parte de aquel latido antiguo, una extraña asociación que nos permite decir que en todas partes cuecen habas, que los lazos que nos mueven a los humanos han de ser universales (también terroficamente adversos cuando hay disociación o guerra) si tenemos en cuenta las asociaciones que se producen, los pensamientos que se repiten, los sentimientos que se comparten y las afinidades que brotan cuando menos las esperas.

Este cantante folk, debidamente presentado por Douglas Brinkley y Johnny Depp, estuvo en el meollo de la cultura americana y solo escribió esta novela en 1947, una obra que  se traduce por vez primera a la lengua castellana, lo que la hace más atractiva para un lector español ajeno a las preocupaciones de aquella generación de los años treinta, tras la temible depresión de aquel gran país que supo levantar el vuelo de aquella catástrofe económica. Pero Woody Guthrie nos deja una estampa de dureza y privaciones en esta historia bañada por la intensidad lírica que inunda todas sus páginas, desde la primera hasta la última, desde su arranque mismo hasta un final en donde late la esperanza de la recuperación, la leve sospecha de futuro para unas pobres gentes que sueñan con alcanzar lo mínimo, un pequeño terreno para edificar una casa de adobe, una parcela para el hijo que nace, un refugio para defenderse de un clima hostil y vengativo.

Una obra de interior porque todo surge entre las breves paredes de la casa de madera en donde malviven los personajes.

Unos capítulos que le valen para presentar a la pareja de esposos en reposo y en la fatiga de unas relaciones sexuales de gran potencia expresiva, de mucha relevancia literaria si tenemos en cuenta que es lo poco que puede dar de sí esta pareja en un lugar aislado, en plena marginación, en lucha contra los elementos, las convenciones, la familia. Un primer cuadro de una fortaleza inusitada que tiene la virtud de ponernos en sintonía con una música personal, con unas maneras de proceder ajenas a la tradición narrativa, con estilo muy característico que se basa sobre todo en la amplificación y en la enumeración.

Cuadros fuertes en donde salen a relucir los anhelos de los pobres, los deseos de salir de la inmunda madriguera y que se completa con el nacimiento de su primer hijo, una parte en la que interviene una tercera persona, los únicos personajes de esta obra apretada, reducida, sin trama, sin apenas movimiento, tan solo con la descripción minuciosa del parto que prolonga aun más los vínculos de la obra con la madre naturaleza, como si fueran los primeros seres, como si no fueran necesarios más personajes para atar los hombres a su medio.

Una obra de denuncia y protesta, de amor por la sencillez y la solidaridad en un país escaso de ella. Un cantautor que acude a la novela para narrar las duras condiciones de vida de gentes fuera de la urbe, situadas en los humildes escalones y sin escalera para forjarse un paraíso. Pero con ánimo para continuar en la lucha. Y con gotas de surrealismo que anima parte de estas escenas de fuerte contenido poético y social.

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