Matices de ciudad

No hay memoria de ciudad sin la mirada del viajero que un día recorrió sus escenarios y sus secretos. Desde Estrabón y  Marco Polo muchos han sido los exploradores que han fabulado las islas, callejuelas y zocos de una ciudad, dejando constancia de que los espacios, al igual que los recuerdos, son teselas, dibujos, mapas de palabras con los que contar esa metamorfosis que provoca todo viaje con su liberador amor de paso. Ese recorrido que no pretende dejar más huella que la de inscribir la firma en la página del libro de entrada en un hotel, mientras sigilosamente se lleva gestos, luces, aromas, ángulos, edificios e instantes. El lenguaje del alma de la ciudad por la que después hacen andar a otros con la lectura de la mirada y el suave movimiento introspectivo de los labios. Faravelli con sus bellos cuadernos de mano acerca de medio mundo; Guy Delisle y sus cómic sobre Jerusalén; Patrick Leigg Fermer alrededor de Grecia; Kapunscinski y sus Viajes con Heredoto o William Dalrymphe tras los pasos de Marco Polo. A estos viajeros, a otros muchos, les debemos las palabras que trazan un plano secreto, su manera de aprehender los paisajes y transmitírnoslos.  Igual que ha hecho Ignacio Jáuregui Real en 50 ensayos de secesión. Un repertorio de ciudades.

Una poética moleskine que tendría que llevar en su piel de portada aquellas antiguas estampaciones de aduana. Los sellos de entrada y de salida por las cincuenta ciudades que el autor nos narra como viajero, como tasador de espacios y de luces, voyeur de penumbras y perspectivas. Flaneur al fin y al cabo en cada una de ellas y en todas, aunque de vez en cuando Jáuregui, es imposible evitarlo, dibuje también —entre el texto y el aire— el haiku de una geometría equilibrada, la fábula de un arco ciego o la elegante soledad de una columna encastrada. No faltan tampoco bóvedas, contornos quebrados, fachadas ilusionistas, ferramientos en alto, balcones que parecen acantilados. La ciudad fragmentada, desnuda. Su orden cartesiano, la abstracción de los espacios. Siempre hay un puente que los une y los separa. Bien lo sabe este arquitecto. Hacen falta unos buenos zapatos, un sombrero, gafas adecuadas y el imprescindible foulard a mano para transitar por lo tiempos calurosos y húmedos de estas escenografías literarias que también, a su manera, soñó Italo Calvino. Y es fundamental dejarse sorprender, no tener prisa, y mirar sin angustia pero con precisión indagatoria, para deleitarse con lo que cada ciudad oculta y desvela.

La luz portentosa de Marsella. El hormigueo de Slax donde las miradas comercian. El exhibicionismo consumista de Dubai. La melancolía erizada de las afueras de Copenhague. Los suelos de Praga con sus letras diagonales inscritas en el caparazón calcáreo de la memoria. El balneario de Karlovy Vary de translúcidos fantasmas. Las campanas de bronce de Chiang Na. El miroir l’eau de Burdeos. Axum donde se custodia el Arca de la Alianza. La epifania de Lalibea.  El callejero antiguo y canalla de Oporto. La caja de resonancia del Zócalo de DF.  Ciudades azules, plácidas, resultonas y otros destinos más de los que Ignacio Jáuregui nos enseña un domingo cualquiera de sus calles, los matices del ajetreo cotidiano, el remanso adolescente en la playa, mujeres vestidas de naranja  o rojo  detrás de las azoteas en las que las sombras estorban, el gesto de los habitantes que distinguen el lenguaje de las ciudades. Por ellas caminamos sin cerrarlas entre nuestras manos, escuchando como suenan los pasos de su viajero y cómo sus palabras tallan y trazan las piedras y los espacios, los sonidos, las bellezas grises, las promesas de un deseo, el recuerdo de un libro, de un escritor admirado, unas lonchas de salami. Jáuregui convirtiendo la narración en el testimonio del flaneur en busca de encontrarse al otro lado. Allí donde cada ciudad guarda celosa todas las miradas de amor que alimentan su magia y su memoria.

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