Nuevas librerías para los nuevos tiempos y los lectores de siempre

Insisto en mi optimismo. Por mucho que los números y los gráficos indiquen lo contrario, en España hay lectores de sobra para permitir no sólo ya la supervivencia de las librerías que ya funcionan, sino para que florezcan otras nuevas que atiendan una demanda demasiado dispersa y desorientada.
Acabo de enterarme de que Traficantes de Sueños, una librería asociativa que ha sobrevivido 20 años en las catacumbas, adquiere notoriedad con la apertura de un local en una céntrica calle de Madrid. El espíritu transgresor de quienes han hecho posible este pequeño milagro adquiere luz propia (y escaparate), para que cualquiera que desee adentrarse en su peculiar universo lo pueda hacer sin necesidad de pertrecharse de ningún mapa del tesoro. Una librería en la que encontrar esas obras proscritas de las mesas de novedades para regalar y no leer, que además sirve de lugar de encuentro para esos lectores severos que gustan de pasar el rato conversando en un espacio acogedor en el que no se sientan extraviados, tomando un café o asistiendo a una tertulia en la que se converse de asuntos interesantes sin necesidad de levantar la voz para apuntalar los argumentos. Les deseo todo el éxito del mundo, pues el esfuerzo continuado por liberar a los libros de prejuicios comerciales lo merece.

Esta feliz transformación es un síntoma más de que los tiempos están cambiando, por mucho que les pese a los guardianes de la ortodoxia terrenal. Nuevas remesas de ciudadanos, libres de hipotecas ideológicas, se suman a la legión lectora en busca de referencias para una nueva perspectiva de la realidad. Desamparados bajo las luces de los grandes almacenes, buscan rincones cálidos en los que sentirse cómodos. Y en ese empeño, las librerías han de jugar un papel fundamental en la provisión de materiales que apuntalen esas nuevas inquietudes.

El fenómeno no es privativo de las grandes capitales. En muchas otras ciudades se advierte un nuevo pulso en la creación de librerías, que se adaptan a esos nuevos gustos que trascienden lo puramente comercial. Me hablaba una amiga editora que en La Coruña, por ejemplo, han abierto un par de librerías que comienzan a proporcionar un inusitado impulso a la vida literaria de la ciudad, con una oferta diversa y unos programas de actividades muy interesantes. También Valladolid y Zaragoza se han subido al carro literario, y qué decir de Albacete, una ciudad pequeña pero con una vida cultural envidiable y siete librerías canónicas en funcionamiento.

Nadie se aventura a una inversión de riesgo como es la de montar un negocio de este tipo, si no percibe una voluntad entre los clientes potenciales. Y la hay. La crisis económica apuntilló un sector que sobrevivía ya a malas penas, a causa de ese adocenamiento colectivo que supuso la fastuosa época de los mediocres, con una auténtica legión de cortesanos advenedizos que bailaban al son del dinero público, manejado por sujetos tan envanecidos como incultos. Ahora que ya no queda más remedio que volver al barro de las trincheras, se aviva el seso y surgen por doquier proyectos ingeniosos aunque no menos arriesgados.

Ya sólo falta el impulso necesario procedente de las instituciones para reflotar el barco de la cultura española. No me refiero ni mucho menos a que se vuelvan a abrir las espuertas del dinero público, y nuevos necios inviertan en proyectos inanes, sino de la debida protección institucional al trabajo creativo, ya sea mejorando la educación de los jóvenes, rebajando la presión fiscal sobre los productos culturales, o sencillamente estimulando a las empresas de ramo con programas divulgativos y educativos que permitan a los ciudadanos entender el valor del trabajo cultural.

Se trata de aunar voluntades y esfuerzos. Algunos libreros ya han dado el primer paso.

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