Número Cero

Número Cero se titula la nueva novela del semiólogo y narrador italiano Umberto Eco. Se trata de un ‘thriller’, una novela policiaca,  que tiene como como narrador a un periodista muy culto, aunque ‘perdedor compulsivo’, un tal Colonna, a quien llaman para formar parte de la redacción de un nuevo periódico. El director le explica que el diario es propiedad de un hombre de negocios, que responde al nombre de Comendador Vimercate, y que el cometido de la redacción consiste en hacer varios ‘números cero’, como se llama en la jerga periodística a los números con los que se prepara la salida de una nueva publicación. La particularidad, sin embargo, de este extraño periódico titulado Domani” (Mañana)  es que esos números cero funcionarán como una especie de fábrica de dossiers, en realidad de todo tipo de basura  que servirá para chantajear a los enemigos del dueño.

Uno de los colegas del narrador está convencido de que el dictador Benito Mussolini no fue muerto por los partisanos en 1922 y luego colgado junto al cadáver de su amante, Clara Petacci, en una plaza pública de Milán, sino que consiguió huir del país y siguió manejando desde el extranjero los hilos de la política italiana. La acción se desarrolla en 1992, el año en el que estalla el caso de corrupción conocido como Tangentópolis, y por las páginas del libro desfilan los diversos escándalos de la Primera República. Escándalos como la estrategia de la tensión, los atentados de terroristas manipulados por los servicios secretos, la muerte en extrañas circunstancias del papa Juan Pablo I o la operación Gladio, la red clandestina anticomunista que operó en Europa bajo la dirección de la OTAN y de la CIA durante la guerra fría.

La publicación del libro de Eco por Bompani dio lugar a un interesante diálogo sobre periodismo entre el conocido escritor y el también autor, especialista en la mafia,  Roberto Saviano en las páginas del semanario L’Espresso, del que ambos son asiduos colaboradores. Eco afirma no haber querido escribir un ‘tratado sobre periodismo’ y dice haber «insistido en un tipo particular de redacción, que forma parte de la máquina del fango», aunque reconoce que lleva más de cuarenta años «reflexionando y discutiendo sobre los límites y la posibilidad del periodismo». «La mía es una historia sobre los límites de la información periodística, pero no trato de los periodistas en general, sino que he ideado el peor de los casos para ofrecer una imagen grotesca de ese mundo. Y añado que el mecanismo de la máquina del fango, de la insinuación es algo que se empleaba ya en tiempos de la Inquisición».

Saviano, por su parte, dice desconfiar de la Red: «Hoy, en la era de internet, las nuevas generaciones se hacen con frecuencia la ilusión de que basta no tener un editor (de periódico) que busque hacer negocio, que es suficiente no cobrar para hacer una información honesta, justa, limpia. Pero no es así».

«Quien construye en la Red teorías conspirativas —afirma el autor de Gomorra— lo hace con frecuencia sin que medie compensación económica». Y la Red, dice Saviano, «ha generado auténticos monstruos» desde el punto de vista de la difamación. La agresión directa no es algo típico de la máquina del fango, rara vez ocurre eso, no se dice el señor fulano de tal es un conocido pedófilo y ha estrangulado a la abuela. Se recurre a un elemento aparentemente inocuo, pero que genera sospecha»,  explica Eco. «El punto central», responde Saviano, «es que el que deslegitima no les habla a tus enemigos, sino a tus amigos, a tu familia, a quien te quiere. Y además, una investigación cuesta mucho dinero mientras que el chismorreo es muy barato. En las redacciones de los periódicos (…) están obsesionados por el chismorreo».

Eco critica el estado del periodismo en Italia: «Coges el periódico por la mañana, incluso el más importante, y encuentras cuatro o más páginas de chismorreos en torno a hechos políticos. Si coges Le Monde, en cambio, encuentras informaciones de lo que sucede en África y en Asia, así que uno se pregunta por qué me hablan de estas cosas y no de la amante del presidente Hollande». «Los intelectuales», resume Eco, «son víctimas de la sociedad líquida. Hoy no te queda otro remedio que dejar tu mensaje en la botella».

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