Oda a sí misma

Recientemente, hablando con el poeta Eloy Sánchez Rosillo, y haciendo una evaluación de la poesía francesa desde el Romanticismo, coincidíamos en dos nombre imprescindibles: el críptico Gérard de Nerval, de breve obra poética, y el desmesurado Victor Hugo, de prometeica  poesía. Puntualizamos acerca de Baudelaire, Verlaine, Lautréamont, Rimbaud… Al llegar a estos dos últimos, mi amigo y yo nos quedamos unos instantes callados. Lautréamont siempre inquietará como misterio que atraviesa lo humano y queda permanentemente indescifrable; Rimbaud, concluí con Eloy,  fue y es un proyecto que arrasó y sigue arrasando la retórica moribunda de la palabra establecida a favor de la palabra esencial y la palabra futura. E Idoia Arbillaga, nuestra poeta y amiga, los convoca a los dos (y a alguno más), a Rimbaud y Lautréamont, en su último libro poético. Y con todas las de la ley, como se dice, porque Idoia tiene mucho de ambos poetas, inquietantes, rompedores, rebeldes a lo que la costumbre determina como normal, incluso en el lenguaje, ubicación del verso y la formalidad en exponer el tema pertinente.

En Los márgenes del agua (Tigres de Papel. Madrid, 2014), el poemario actual de Idoia Arbillaga que, tras el impacto que supuso el primero, Pecios sin nombre (2012), tengo en las manos, un poema concreto me lleva a los lejanos días de mi juventud en Londres, cuando no muy convencido quería ser fiel a mi idioma y, entre los pocos libros en castellano de que disponía, leía en voz alta poemas de Breve son (1968), de José Ángel Valente, a quien mucho más tarde conocí el año de su muerte. También al desaparecido poeta gallego le obsesionaba Lautréamont, y en el libro mencionado le hace Valente un homenaje espléndido. Y la misma Idoia comienza su libro con una cita de Valente, ésta: «El verbo crea el movimiento / de la luz en el fondo/ de las amargas aguas». Lautréamont y Rimbaud, pues… Idoia, poeta en la estela nihilista de estos poetas, los trae al presente con dos insólitos poemas donde introspección y vindicación se unen con valeroso equilibrio. «Dedicado a las mujeres que Isidore Ducasse olvidó», el poema titulado El palacio del placer oscuro (Maldoror, Canto VII) expresa con fuerza su compromiso: «Las hembras de la venganza,/ Condesas de Lautréamont,/ remedad voluptuosas/ siglos de esclavitud:/ las mujeres en la historia» (pág. 31). El poema siguiente, Je suis un autre, remite a Rimbaud… «Yo no soy quien he sido», nos dice Idoia, o bien no es otro que Rimbaud mismo quien habla: «El miedo en zapatillas se instala en mi cuarto» (pág. 32).

Con un prólogo de Manuel Rico, diserto y acertado, Los márgenes del agua se presenta, tripartito, perfectamente delimitado, con los títulos de Ausencias, Presencias y Redenciones; tres secciones de entre las cuales no sabría como lector con cuál quedarme. Acaso de Presencias, en poemas como el expresado en prosa y titulado El corazón flotante dedicado a la memoria de su madre, o Mandamientos de mi ley de amor, o el bello Hija de las aguas, nos entrega Idoia la clave para poder penetrar hasta el venero que brota en lo más profundo del ‘ánima arbillagana’. Toda Idoia está contenida en los versos, más bien versículos, de esa ‘oda a sí misma’ (cierto es que no totalmente whitmaniana) que es esta Hija de las aguas, que nos dice: «La Poesía viene del mar, como la Vida,/ llega a la tierra cuando se amansa el Espíritu…». En el prólogo de Rico, la personalidad de nuestra poeta queda expuesta con dos vestes alternados que velan el pundonor del alma. Una de estas vestes no esquiva la verdad de la apariencia, pues está hecha de la materia de la realidad; la otra veste atraviesa como un rayo de luz las densidades transparentes más sólidas, pero tampoco olvida su condición, como dice nuestra poeta: «La humildad de ser mortal».

Los márgenes del agua, este hermoso libro de Idoia Arbillaga, se presentará en el Museo Ramón Gaya el próximo jueves, día 29 de enero (a las 20.00 horas). Agradecemos a Idoia y al Museo Gaya la oportunidad de esta ‘puesta de largo’ de la Poesía, que sin duda será memorable.

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