Un viaje excepcional a las profundidades del odio

Nadie mínimamente inteligente y en su sano juicio duda de las atrocidades cometidas por los nazis durante su tenebroso imperio. La enorme cantidad de testimonios, documentación y análisis al respecto, recogidos en una abundantísima bibliografía, han dejado constancia sobre uno de los episodios más terribles de la Historia de la Humanidad, pero no han conseguido desentrañar el mayor de sus enigmas: cómo fue posible algo así. Cómo todo un país fue hechizado por un personaje como Hitler, y cómo el mundo no cayó en la cuenta de lo que sucedía en Alemania durante todos esos años y miró hacia otro lado hasta que fue demasiado tarde para millones de personas.

Quizás sea necesario penetrar en el interior del monstruo para explorar lo que anidaba allí, y así conocer las razones del envilecimiento de una sociedad que amparó la tragedia. Superar los prejuicios y analizar con minuciosa atención la naturaleza de una personalidad tan compleja como vulnerable, capaz de engendrar un odio de tal magnitud que trasciende las cualidades del ser humano.

Ese viaje a las profundidades del alma es el que emprende Thomas Harding en este asombroso ensayo, que va mucho más allá de la mera semblanza de sus protagonistas y de la exposición de motivos y hechos que marcaron sus vidas. Hanns y Rudolf se convierte así en un documento de importancia reveladora, pues contiene muchas de las claves que pueden explicar el origen del odio.

Los caminos de ambos protagonistas se cruzaron a las once de la noche del 11 de marzo de 1946, en una granja de Gottrupel, un pueblo al norte de Alemania. El capitán Alexander, al mando de un grupo de soldados, judíos la mayoría de ellos, llamó a la puerta del granero y al cabo de un momento abrió un hombrecillo vulgar presa del estupor. Tras unos minutos de desconcierto, aquel sujeto reconoció ser Rudolf Höss, nazi prófugo y kommandant del campo de concentración de Auschwitz. Hanns Alexander no tenía idea en ese momento de que acababa de atrapar al responsable de la muerte de más de tres millones de personas.

Esa detención constituye el momento culminante de un relato que Harding inicia trazando la trayectoria de sus dos personajes, y culmina después con el desenlace de sus vidas, tan longeva la de Hanns, como fugaz la de Rudolf, ajusticiado en la horca en el mismo lugar que él creó y dirigió, después de haber estremecido al mundo entero con la confesión de sus crímenes tanto en una sesión de los procesos de Núremberg, en la que intervino como testigo, como durante el juicio al que fue sometido en Polonia y por el que fue condenado a muerte.

El autor parte sin prejuicios y expone su relato con esa frialdad científica que le confiere el rigor preciso para dotarlo de calidad documental, sobre todo si se tiene en cuenta que es sobrino nieto de Alexander. Y así, despojado de condicionantes emocionales, analiza los hechos provisto de un material de primera mano: los conocimientos que le proporcionan el vínculo familiar, y la información que obtiene de uno de los nietos y la nuera de Höss. Elementos valiosísimos con los que sustentar un relato apasionante, crudo y esclarecedor.

Hanns y Rudolf, víctima y verdugo, cazador y presa, no se conocieron hasta aquella noche de 1946, pero en realidad les unía un vínculo trágico. Uno, judío alemán expatriado y enrolado en el ejército británico; el otro, alemán nazi y asesino. Dos dimensiones de una misma sociedad, dos compatriotas a los que les une el odio.

Harding no toma partido en el análisis de las razones de ese enfrentamiento. Se limita a exponer sendas realidades para que el lector saque sus propias conclusiones. Aunque profundiza en la personalidad de Höss, mostrando tanto su aspecto más vil como el más humano, no lo juzga en ningún momento: sus actos le definen a la perfección, pero lo inquietante es comprender qué le movió a cometerlos. Pues descubrimos a un personaje complejo que demuestra una aterradora indiferencia en el relato de sus crímenes, y a la vez un desbordante sentimentalismo en la relación con su familia.

Tampoco muestra el autor condescendencia con su pariente, judío acomodado que se libró del genocidio gracias en buena medida a su privilegiada posición, al poder huir a tiempo de Alemania. Hanns descubre el auténtico horror después de la guerra, con la liberación del campo de Belsen. Y en ese momento engendra un odio visceral por su país natal y sus compatriotas. Un odio que le mueve a permitir a sus soldados apalizar a Höss en el momento de su detención, y que mantendrá hasta el fin de sus días. Un odio sólo contenido por la ley que obedece, pero que trasciende la moral.

He ahí la clave de este relato. Lo que lo dota de esa dimensión excepcional y lo convierte en una lectura imprescindible para comprender lo incomprensible.

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