“Despreciar la tradición del humor en la escritura española es imperdonable”

El escritor José C. Vales, ganador de la última edición del Premio Nadal. Foto: Marta Pérez/EFE

El escritor José C. Vales, ganador de la última edición del Premio Nadal. Foto: Marta Pérez/EFE

El deseo de escribir nació en usted…
Cuando tienes 18 años y compartes experiencias con los compañeros del instituto, entre otras, tus primeros cuentos y narraciones. Luego la Universidad de Salamanca te baja los humos porque te enseñan lo que es la literatura. Llegan los estudios de postgrado y compruebas que la literatura tiene una complejidad enorme y te planteas si algún día podrás escribir. Creo que lo he conseguido porque soy tenaz o pertinaz, no sé qué adjetivo utilizar. (Risas).

Al recibir el Nadal mencionó el planteamiento de uno de los primeros jurados del certamen, Ignasi Agustí, de despertar a los novelistas dormidos. ¿Se considera usted uno de ellos?
Sí, porque empecé a hacer ficción hace unos años. Ha sido un despertar y ayer sonó el despertador de una manera tremenda y maravillosa. Estoy muy contento. Es una gran responsabilidad, pero me parece lo mejor que le puede pasar a un escritor en España. Ha sido muy emocionante y toda una responsabilidad por la increíble nómina de escritores que lo han ganado con anterioridad. Espero que la novela premiada esté a la altura. Ha gustado mucho, pero habrá que esperar la respuesta del público. He intentado hacer una novela que se lea bien, con sosiego y con facilidad. No es ni una tesis doctoral ni un ensayo. Es una propuesta que cualquier lector puede asumir.

Ese despertar al que alude, ¿le va a hacer dejar de lado la traducción?
Me gusta trabajar en todos los aspectos del mundo editorial. Me encanta el proceso de estudiar y documentarme para escribir y me apasiona la traducción, por lo que no creo que haya razones para abandonar estas dos labores. No pienso prescindir de la traducción que me da de comer.  Para que un libro llegue a una librería no solo estamos los que escribimos, también están los fotógrafos, la gente de marketing y prensa o los técnicos de maquetación que forman parte de la industria editorial. Yo formo parte de esa tropa de profesionales a la que quiero seguir perteneciendo.

¿Cómo nace Cabaret Biarritz?
Tiene relación con Charles Dickens. Trabajé textos de este autor hace unos meses y leí un cuento que resumía la teoría literaria que a mí me interesa. Era una narración de Navidad en la que reunía alrededor a una hoguera a un grupo de peregrinos, mendigos y viajeros, que son los lectores, y un anfitrión les daba un buen banquete y una buena historia. Lo que yo pretendo con mis libros es ofrecer una buena historia para que el público se entretenga, si extraen  conclusiones de la novela, bienvenidas sean.

¿Hay que ser honestos con los lectores?
Sin duda. A mí me parece que no hay una literatura seria si no se trata a los lectores como mayores de edad, si no se les exige que pongan de su parte y si no existe un trato de confianza entre el autor, los personajes y el lector. La literatura es un proceso de comunicación que no existe si no hay lector;  tiene sentido solo si alguien la lee.

Su primera novela, El pensionado de Neuwelke, se basaba en un hecho real, ¿sucede lo mismo en esta segunda?
Hay un pequeño incidente que ocurrió, pero globalmente pesa más la ficción. En ella a un escritor de novelas populares se le encomienda una novela seria sobre determinados acontecimientos que ocurrieron en Biarritz en el año 1925. Este hombre se traslada a Biarritz y comienza a hablar a los testigos de esos sucesos. Ese cúmulo de documentación y entrevistas compone el núcleo esencial de la novela. Hay una investigación entre detectivesca y periodística, así como una trama amorosa.

¿Qué le movió a presentarla al prestigio premio Nadal?
Realmente no la envié yo. Cuando escribí El pensionado de Neuwelke no sabía qué hacer con el texto, de tal manera que se lo entregué a mi agente literario, a Palmira Márquez, quien se encargó de buscar una editorial. Al acabar esta segunda novela se la entregué y fue ella quien la presentó al premio, siempre con mi visto bueno. Nunca pensé que un escritor que trabaja en la oscuridad de su habitación centrado en labores de corrección, en la búsqueda y lectura de documentación durante horas y horas, un escritor dedicado a la parte más desconocida de la literatura llegara a ganar el Nadal.

El jurado ha resaltado de la obra su original estructura y el sentido del humor.
En primer lugar, procuro documentarme mucho. Soy muy minucioso en la estructura, en la sintaxis y los aspectos técnicos de la literatura. Por otro lado, ¡no puedo evitar divertirme mientras escribo! Divirtiéndome y observando la vida con sentido del humor, con cierta ironía, desdramatizando, asumiendo que la existencia es así de maravillosa, así de trágica, así de caótica, así de terrible y también así de divertida, creo que es la mejor manera de vivir. En los años 20 tras la Primera Guerra Mundial estaban decididos a vivir, a entregarse a la pasión y a consumir todo el champán que no habían bebido durante la contienda. Esa pasión espero haberla reflejado en la novela. Me parece que la diversión y la alegría son fundamentales en la vida y en la literatura. La literatura española tiene una tradición humorística que, al parecer, se perdió con el 98 y sin embargo la obra cumbre de nuestra literatura, El Quijote, tiene un gran sentido del humor. ¡Desperdiciar y despreciar esa tradición es imperdonable!

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