Espejo, la fuga del poeta por un Mal de versos

00102LIBMU­De todas las notas que componen la partitura literaria más cercana (territorialmente), las de José Daniel Espejo se empeñan en proporcionar la armonía precisa para sublimar una atrevida disonancia. Lo que el poeta oriholano expresa en sus versos es patente, rotundo y mensurable. Abre su interior y muestra una vida que se resiste a marchitarse, a pesar de la tristeza que la embarga. Por eso ensancha las fronteras de su jurisdicción para prolongar su fuga y convertirla en infinita.
Mal reúne unos cuantos de esos intentos de escapada de una rutina obstinada en los recuerdos. Espejo viaja a pie, en coche, en avión, en barco y en sueños si es preciso: «Quiero adelgazar, internarme en la nada, / sacarme cursillos de desaparición: adelgazar». Busca los límites de una realidad que exorciza a base de versos sedosos o acerados, según trate de acariciar un recuerdo entrañable o de golpear a la injusticia.
El poeta tiene algo que decir y no lo calla. Su mirada escruta el mundo y se escruta a sí mismo; sus poemas liberan el magma de la impotencia ante lo inevitable, y hace suyos a los suyos, se diluye en su sustancia adoptando su espíritu, su presencia eterna en la memoria, transmitiendo una tristeza serena que conmueve hasta extremos inusitados: «Heme aquí, frente a la Sombra, / el zócalo del tiempo, a punto de cruzar, / y no es extraño estar sola. Lo extraño / es que te cojan la mano. Qué buscan, / éstos, en mis manos».
Espejo es de esos a los que la vida les ha adiestrado las emociones. La muerte y la enfermedad actúan en sus versos como centinelas de una certeza atroz. Hay en este volumen poemas estremecedores, frutos de un alma atormentada que, sin embargo, se empeña en cruzar el inmenso solar que se extiende ante su mirada acarreando una pesada carga, pero con el ánimo preciso para atravesarlo: «Para entrar en el desierto es crucial / elegir el calzado adecuado, pues serán / nuestros pies los más castigados / en las largas jornadas de marcha».
Dicen por ahí que no hay nada mejor para combatir la adversidad que aceptar su existencia y hacerle frente con la mejor presencia de ánimo. El poeta se lanza a la arena con sus versos como armas para dominar el desasosiego; regresa así a las asépticas salas del hospital, respira la enfermedad, se acerca al condenado para compartir su desasosiego, para hacerlo suyo, para morir con él, aunque sepa que su muerte será sólo virtual y ha de cargar con la vida el resto de su vida: «En el hospital de día / la gente que se muere / guarda cola».
Aunque esa serenidad, acaso impostada por un prurito de desapego hacia la falsa compasión, no impide detectar una furia que domina con palabras medidas pero rotundas, carentes de florituras líricas, sobre todo en aquellos poemas en los que expresa su personal interpretación del envilecimiento del ser humano: «Mueren a manos de alguien, / juran venganza y cuentan / para ello con sus hijos».
La sinceridad preside este flujo de impresiones, de deseos e intenciones, convertidas en poemas más íntimos que intimistas, tristes y descarnados, elegíacos y, en ocasiones, cargados de un simbolismo despojado de artificio, en los que incluso destella una agria ironía cuando el poeta se deja arrastrar por los sucesos que forman parte de su rutina.
Con esta escueta colección de poemas, publicada por la joven editorial cartagenera Balduque, José Daniel Espejo se confirma como una de las voces más interesantes del panorama literario nacional. En su obra no hay lugar a la digresión, va al grano y comparte con el lector todo aquello que estimula su ingenio. Sus poemas logran así penetrar en lo más profundo de los sentimientos, provocando escalofríos y a la vez un hálito de esperanza que se expresa en la paz de la familia, de esas pequeñas cosas que nos hacen humanos y nos atan a una vida caprichosa que se va cuando menos lo esperamos.
Merece la pena compartir con Espejo esta fuga interior, atravesar con él ese desierto aunque sea sin el calzado adecuado, acompañarle a las asépticas salas de hospital o a través de las estrellas, surcando el mar o recorrer a toda velocidad esas carreteras solitarias que conducen a cualquier parte.
Mal es una obra excepcional que nos descubre a un escritor virtuoso, cercano y, a la vez, inalcanzable. Alguien capaz de «llegar a un buen acuerdo, venderles / el mejor zapato posible para cruzar el desierto», y conducirnos al Estado de Gracia.

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