La segunda muerte de Marx

00201LIBMULos lectores que quedan (cada día se produce una baja abducida por la intercomunicación tecnológica como hiperconsumo de pensamiento fugaz) se dividen entre la evasión del best sellers, el refugio de la buena literatura y el engrase del conocimiento. Un apartado, representado por el ensayo, al que se asoman curiosamente nuevos lectores ávidos de calidad y desertores de lo literario exento de reflexión o provocación intelectual. Y es en este género, el ensayo, donde han aparecido dos profundos estudios con mucho interés. Por un lado Homo Faber, publicado por ediciones siglo XXI y en cuyas páginas Fernando Díez reconstruye la historia del trabajo desde 1675 hasta 1945, explorando sus diferentes significados, la progresiva infelicidad que produce y su pérdida de humanidad. Y por otra parte, lo que comienza a ser, atípicamente un best seller económico, cargado de realismo desencantado y que indigna en su lectura. Tanto en la intelectualidad reflexiva del lector y  en su sentido común como en su indignación ante la imparable depredación económica que no cesa de crear desigualdad. Me refiero a El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty.

Thomas Piketty es un economista francés que en la década pasada se apuntó grandes aciertos en su trabajo con Emmanuel Saez sobre la desigualdad de los ingresos. Los dos fueron los primeros en explorar detalladamente los impuestos en Estados Unidos para mostrar cómo los ingresos altamente concentrados estaban en manos del 1% más rico. Esta nueva investigación, de la que surge el libro, está provocando con éxito cierta conmoción al defender unos argumentos que invalidan la teoría que se implantó en el mundo entre los años 70 y los 80 y prometía resolver los problemas económicos para siempre. Desde que Simon Kuznets estudió la desigualdad en los años 50 del siglo pasado, ningún economista retomó el tema con el interés de historia de los salarios y la riqueza en los últimos 300 años.

Su trabajo presenta una gran cantidad de datos sobre la distribución del ingreso en muchos países, demostrando que la desigualdad ha aumentado drásticamente en las últimas tres décadas y que pronto se volverá peligrosamente peor. En su análisis postula que cuando un trabajo es replicable, como un trabajador de la línea de montaje o en un servicio de comida rápida, resulta relativamente fácil de medir el valor aportado por cada trabajador. Por tanto, estos trabajadores tienen derecho a lo que ganan. Sin embargo, la productividad de las personas con altos ingresos es más difícil de medir y muchos de estos salarios son en gran medida arbitrarios y constituyen el reflejo de una «construcción ideológica» más que de mérito propio. Estos altos salarios generan distorsiones que a la larga culminan en crisis económicas. También aborda Piketty que cuando la tasa de retorno sobre el patrimonio es mayor que la tasa de crecimiento, se acelera la concentración de la riqueza. Esto es lo que ha ocurrido en los últimos 30 años con la implantación a gran escala de los postulados del libre mercado y la desregulación financiera.

El resultado es que este capitalismo de mercado a la larga conducirá a una economía dominada por quienes tienen la suerte de nacer en una posición de riqueza heredada, y lejos de facilitar la equidad los modelos económicos han potenciado la desigualdad como en la ley del más fuerte. El capitalismo feroz está haciendo retroceder a Europa al siglo XIX, donde existía la tiranía de la riqueza que solo fue destruida por la devastación de dos guerras mundiales.

Una lectura inquietante que no alienta ninguna revolución social pero sí que atemoriza y envuelve en sombras la posibilidad de que desde un bando social y político se manipulen los postulados en beneficio de un combate en lugar de un beneficioso diálogo social.

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