Tiempo de mandarines

He pasado las vacaciones navideñas —al igual que algunos amigos que llamaban por teléfono, comentando los pormenores de la coincidencia— sumido en la lectura adictiva, eléctrica, del último libro de Gregorio Morán: El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados (Akal, 2014), un extenso ensayo, en ameno tono periodístico, en torno al asunto que concreta su larguísimo título: Cultura y política en España, 1962-1996. Imposible resumir su contenido, asimilar su caudal de información, digerir, con un mínimo de sosiego, los abundantes juicios de valor que jalonan el texto. Pero he vibrado, eso sí; he descubierto un centón de cosas, confirmado otras, disentido en muchas, ratificado las más. Me he sentido vivo y he participado de su contenido pasando de la risa a la indignación, de la sorpresa a la melancolía o la tristeza. ¿Se puede pedir algo más a un libro?

El cura y los mandarines, apareció, como sabe el avisado lector, acompañado por la noticia de las objeciones que la Editorial Planeta planteó a su autor: para editarlo bajo su sello, tenía que eliminar un capítulo en el que se ponía a caldo a varios miembros de la Real Academia de la Lengua. Ante la negativa de Gregorio Morán a aceptar tamaño dislate, Akal se hizo cargo de la edición dando lugar al nacimiento de lo que puede ser un best seller, de no ficción, en un país donde estas cosas solo suceden cuando se escriben biografías sobre Belén Esteban o algún presentador de la televisión recién salido del armario.

Aunque, bien mirado, el libro de Morán no deja de ser una suerte de biografía en torno a un personaje que hizo las delicias de la prensa del corazón: el cura Aguirre, Duque de Alba consorte, por obra y gracia de un braguetazo sentimental. Pero no es una biografía al uso de «manolos y marujas», claro; es el relato, guadianesco, de la vida de un personaje que alcanzó grandes cotas de poder e influencia en el panorama literario y cultural español, un paradigma de una forma de ascender y mandar, que sirve como hilo conductor al autor para tejer otra biografía colectiva: la de los intelectuales y políticos que, durante ese larga treintena de años que van del duro franquismo a la primeros quince años de la Democracia, manejaron los hilos de la opinión desde los órganos de gobierno, la literatura, la prensa, la cátedra o desde los suburbios de una «oposición», a veces permisible, y otras rotundamente silenciada. Un panorama, sumamente complejo, que Morán analiza desde las raíces mismas de lo que él considera el Mandarinato: una suerte de férreo caciquismo ideológico y cultural, dirigido por la Dictadura del que casi nadie pudo, supo o quiso escapar. Así que, menos lobos, parece indicarnos el autor. Muy pocos se libraron del pecado original que supuso tragarse las consecuencias del golpe de Estado de 1936. Y la vida, las letras, el pensamiento, salvo excepciones, se vio marcado por esta lacra.

A partir de estas premisas, Gregorio Morán ‘no hace prisioneros’, como me decía uno de los amigos que llamaban por teléfono estas navidades: los lleva directamente al paredón; bien desenmascarando sus complicidades con el régimen franquista; bien, lo que es más discutible, metiendo el bisturí de sus opiniones en sus obras literarias. Y ni Laines, ni Arangurens, ni Celas, ni Ridruejos, ni Hortelanos, ni Umbrales y Benets o Victorsdelaconcha, salen indemnes de unos juicios que también dejan chamuscados a los intelectuales del exilio, excepción hecha del señor Max Aub. Nada sorprendente para el lector que conoce ya otras obras críticas y polémicas de Morán.

Pasadas las navidades se suele instalar la melancolía, cuando no nos invade la niebla de la tristeza. Buen tiempo para pensar. Actitud que provoca este libro. Al final, Morán, tras narrar la muerte en soledad del cura Aguirre —casi la de toda una época— escribe esta frase lapidaria: «Importan un carajo al muerto las malevolencias de los supervivientes». Es cierto, pero el marrón se lo tragan estos últimos: cuantos fuimos testigos de aquellos años y que, ahora, perplejos frente a la historia del Mandarinato, nos sentimos también indignados, estafados, o lo que es peor, cómplices de aquella conspiración del silencio que tan magullada dejó nuestra cultura y sus instituciones.

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