Lara, el editor del Gran Wyoming

La muerte de José Manuel Lara vuelve los ojos hacia su profesión, y restituye la figura del editor necesario. Entre las ficciones de internet se cuenta la apoteosis de la autoedición como paraíso cultural. Desde la humilde condición de consumidor, jamás he devorado un producto de la actividad intelectual sin una recomendación o empujoncito promocional, el nudge del libro ya clásico de Cass R. Sunstein.
La reivindicación del editor como detector, impulsor y difusor del talento —el talent apropiado por el inglés— conlleva la réplica inmediata de que se concentra el poder intelectual en pocas manos. En la pregunta inevitable en todos los debates sobre información, se presupone que los editores se limitarán a propagar sus principios. En fin, cuesta creer que Lara compartiera programa ideológico con monstruos de la comunicación como El Gran Wyoming, Maruja Torres y el Javier Sardá que asistió a sus funerales. O en otras casas, que Iñaki Gabilondo reflejara el ideario de su accionariado.

RUEDA DE PRENSA JOSE MANUEL LARALara era editor de La Razón y de La Sexta. Solo el fanatismo cultural siempre acechante advertiría una contradicción irresoluble en el doble patronazgo. El empresario fallecido ha capitaneado desde la cadena de Jordi Èvole, Mamen Mendizábal y Pablo Iglesias una revolución sin parangón desde la transición de los setenta. Su perspicacia se limitó a advertir un proceso irreversible y a canalizarlo pacíficamente. Contribuyó a que el advenimiento de Podemos fuera un triunfo de la democracia. Y estratégicamente, acertó donde desvariaban las líneas editoriales de los cuatro Abcs de Madrid.

La concentración del poder multiplicador de la antigua imprenta en cada teléfono inteligente, ordenador o tableta permite discutir si todo autor necesita un editor. Mi respuesta es afirmativa, en especial a partir de un volumen de tráfico crítico y sin eludir el conflicto económico inherente a toda transacción. De momento, las inevitables discusiones conyugales no anulan el matrimonio, y numerosas escuelas avalan que la discusión solidifica el vínculo.

La mala traducción literal de ‘editor’ al inglés complica el aprecio de una profesión que la muerte de Lara deja al desnudo. Es tan importante el publicador o publisher anglosajón como la cadena de edición que debe descuartizar y mejorar los numerosos puntos oscuros en un texto como éste. Nadie en el engranaje se adueña de la información, el gran Ben Bradlee resumía su labor de editor en «rodearse de los mejores y dejarlos que trabajen a sus anchas».

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