Piketty, el pasado devora al porvenir

00102LIBMUEl éxito de El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, no tiene precedentes en las ciencias sociales. Que un libro largo, denso y sobre un tema socioeconómico llegue al primer puesto de ventas en Amazon es un acontecimiento editorial excepcional. El libro ha interesado a gentes de todo el espectro ideológico. Teniendo en cuenta su tema, hasta sorprende que haya sido el libro del año para el Financial Times. Marx tuvo éxito, pero lo costó tiempo: El Capital había vendido solo unas mil copias a los cinco años de su publicación en 1867 en alemán y no se tradujo al inglés hasta veinte años más tarde.

El libro merece el éxito. Es además de un excelente tratado sobre la desigualad económica, con hechos y con teoría, una buena guía para una revisión de las ciencias sociales.

LoS hechos, apoyados en profusas series de datos originales, prueban que existe una tendencia de largo recorrido a la concentración de riqueza y los ingresos. En las últimas décadas se está retornando a la situación previa a la I Guerra Mundial, con niveles similares de desigualdad de rentas y con la formación de una oligarquía de riqueza crecientemente heredada. Así viene ocurriendo en Europa, Norteamérica y los países emergentes. Algunos cálculos de Piketty y su equipo han sido cuestionados, pero hasta ahora no se han proporcionado evidencias alternativas que desmientan lo fundamental de su análisis.

La lógica patrimonial del capitalismo es la teoría que explica esos hechos. Esa lógica consiste en que la tasa de rendimiento privado del capital tiende a ser más alta que la tasa de crecimiento de la producción y los salarios. El capital se reproduce solo y más rápidamente de lo que crece la producción. El capital financiero e inmobiliario triunfa sobre el capital humano. Eso hace que el propietario de capital tienda inevitablemente a derivar de empresario en rentista. Es en este sentido en el que, para Piketty, vivimos en gran riesgo de que «el pasado devore el porvenir».

El libro hace una apelación crítica a las ciencias sociales; más a la economía, pero también a la sociología y la ciencia política. Su función no es producir certezas matemáticas preconcebidas, que satisfacen sólo a sus respectivos gremios, al tiempo que sustituyen el debate democrático y plural. La pretensión de la economía de ser la gramática universal de la sociedad y la ciencia que prescribe la acción pública es tan infundada como peligrosa.

El éxito del libro ha ayudado a que la desigualdad económica se sitúe en el centro de los debates políticos en muchos lugares. También en España. Eso es muy positivo. Pero un libro tan exitoso corre también el riesgo de que su rico contenido se esquematice un unos slogans. El momento puede ayudar, por el efecto desigualador de la crisis y por la percepción de su inequidad.

En este sentido, un primer hecho a tener en cuenta es que España es uno de los pocos países en los que esa tendencia a la concentración de la riqueza ha sido más tenue: con datos del propio Piketty, la porción de la renta en manos del 1% más rico apenas había variado entre 1970 y 2010. Durante la crisis, esa desigualdad sí que ha aumentando considerablemente.

Un segundo hecho es que el balance del capitalismo global reciente no puede hacerse sólo mirando la desigualdad de clases dentro de ciertos países, aunque sean los nuestros. En los últimos veinticinco años, las desigualdades de renta entre países del mundo se han reducido considerablemente. Y la desigualdad individual global, la que compara la desigualdad de todos los habitantes del mundo sí, apenas ha variado en este tiempo.
Una última consideración. Piketty reflexiona sobre diversas opciones para evitar que el pasado devore al futuro. Muchas se refieren a las funciones de los gobiernos en la regulación de la economía y a la reconstrucción de estados de bienestar acordes al siglo XX. Pero estas opciones han recibido menos atención que su propuesta de un impuesto progresivo sobre las grandes fortunas. También afirma que los repliegues nacionalistas e identitarios son sustitutivos ilusorios de esas otras opciones.

Se comprende el atractivo de la opción de tasar las rentas y las fortunas más altas. Las otras reformas toman mucha energía política y solo rinden a medio plazo. Es demasiado fácil el argumento de que, si la concentración de la riqueza es el problema, la solución es «acabar con los muy ricos y con los que más ganan». Asunto complicado. No todas las fortunas tienen igual origen, pero que abunden los Bill Gates o los Amancio Ortega puede no ser tan negativo, siempre que sus empresas y ellos mismos paguen impuestos por los beneficios y las rentas. «Acabar con los pobres» puede ser un objetivo mucho más prioritario y beneficioso para todos que «acabar con los muy ricos»; especialmente «acabar con los más pobres», los que no sólo están a una distancia de los ricos, sino que no alcanzan un umbral mínimo de bienestar material y de oportunidades de vida.

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