La extraña (e impropia) resiliencia de la cultura española

Tenía cosas mejores que hacer que consumir tres horas y pico de televisión, contemplando la gala de los Premios Goya. Pero por lo que me cuentan y he leído por ahí, además de larga fue bastante blandita para lo que siempre se espera de un encuentro de esa naturaleza, siempre permeable a la crítica más o menos directa con los amos del poder: fue la menos política de cuantas se han celebrado, al decir de los cronistas de una u otra jaez. Y es más, que de no ser por la tímida embestida de Pedro Almodóvar contra el ministro del ramo, la cita hubiese resultado tan extraña con la que le está cayendo a la cultura española, y concretamente al cine, desde que gobierna esta banda de ilustres estultos, que cualquiera podría sospechar que además de los sobres con los premiados, circularon entre bastidores otros mucho más nutricios.

Pienso no obstante que, en el fondo, la gente del cine realizó esa noche un ejercicio de resiliencia. Visto que no por mucho reivindicar se obtiene más atención de los gobernantes, mejor adoptar una postura paciente y esperar a que las urnas traigan nuevos aires al país y, por extensión, a su cultura. Y dado que el pasado fue un año no demasiado malo para el cine español (en comparación con los anteriores, que fueron nefastos), habrán pensado que es mejor disfrutar de los resultados con la boca cerrada, no vaya a ser que el animal herido les propine un último coletazo que les deje más sonados de lo que ya están.

Además, cualquiera que se dedique al negocio cultural sabe que la unidad de medida que utilizan los políticos para determinar su gestión es el voto. Y la cultura no es precisamente un caladero propicio, al menos para la derecha. Y como resulta que, a fin de cuentas, actuar, componer o escribir es para muchos su única fuente de ingresos y, querámoslo o no, la pasta sigue estando en manos de quienes está, parece que se hubiera preferido no incomodar al inversor con ataques a los mandamases, por muy justos y merecidos que éstos sean.

Sin embargo, no puede ni debe el mundo de la cultura renuciar a intervenir en la controversia política, sobre todo cuando se echa en falta la voz de los intelecturales en medio del esperpento en que han convertido el debate político quienes aspiran a gobernarnos. No hay más que escuchar a nuestros políticos más ilustres en los diferentes foros en los que predican, para comprobar la escasa calidad del material: ninguno es capaz de articular un discurso sin guión; las tertulias a las que acuden no son más que espacios en los que cruzar acusaciones y lemas sin fuste a voz en grito; y en el Parlamento impera una oratoria más apropiada para las tabernas que para un santuario del debate político.

Además, esa pereza intelectual permite la arbitrariedad de las autoridades con mando en plaza, sin apenas resistencia. Prueba de ello es el fabuloso restaurante efímero que pretende instalar el Gobierno en la Exposición Universal de Milán, por el módico coste de ¡veinte millones de euros! El proyecto está promovido por una cosa que se llama Acción Cultural (menudo nombre), y llega amparado por esa otro invento de la derecha costumbrista que atiende por Marca España (que no Hispánica, ojo). Y por lo visto era el más caro de cuantos se presentaron al concurso convocato a tal efecto. Como si nos sobrara el dinero, vamos.

Lo más curioso del asunto es que el lema de esa exposición es Alimentar al planeta, energía para la vida; y el objetivo es reflexionar, debatir y divulgar ideas para luchar contra el hambre y la desnutrición en el mundo. Un objetivo digno de encomio al que España contribuye con alta cocina. Aunque tampoco es de extrañar que nuestros elitistas y bien alimentados gobernantes confundan el propósito de la cita, dado que el presidente confiesa no conocer la miseria que ha traído su gobierno al país. De ahí que quieran combatir el hambre con tapas. Si este despropósito no merece la resistencia de la cultura, qué lo merece entonces.

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