García Jiménez, lirismo imperecedero

00102LIBMUSalvador García Jiménez (Cehegín, 1944) acaba de publicar un nuevo libro bien distinto de todos los que nutren su larga trayectoria de novelista, poeta, ensayista, escritor de raza en definitiva. Porque el nuevo libro, titulado Una corona para 500.000 princesas, y publicado, en Madrid, por Editorial Verbum, con maravillosas portada e ilustraciones de Mario Melgares de Aguilar Sánchez, se configura en la forma literaria de diario novelado en el que el autor conversa con una criatura en sus primeros tres años de vida, en concreto su nieta Lucía. A ella se dirige en segunda persona, y le relata con todo detalle cuantos acontecimientos, vivencias, experiencias y vicisitudes han llenado de vida los primeros años de la existencia de esta niña, que se convierte, desde el principio, como suele ser habitual en las familias españolas de orden, en princesa, título nobiliario y real, que en la actualidad deben ostentar unas quinientas mil en toda España.

Llamar princesa a la nieta de uno es algo habitual y princesas de ficción, nacidas en las entrañas de lo afectivo y lo familiar, hay muchas en la historia literaria. Todo el mundo puede recordar poemas indelebles como la Sonatina del gran Rubén Darío, y desde aquella fantástica, imaginativa y legendaria criatura literaria, evocar cuantas princesas han enriquecido la literatura española de los últimos siglos. En contra de lo que propio Rubén versificó, cuando al comienzo de sus Cantos de vida y esperanza, en 1905, se lamentaba de que «ya no hay princesa que cantar», Salvador García Jiménez sí tiene una princesa si no que cantar, sí que contar, que relatar, que novelar.

Maestría literaria a nuestro autor no le falta, como le sobran imaginación, sabiduría y una capacidad de escritor absolutamente envidiable, capaz de convertir en trascendente, en sublime, cualquier acontecimiento de la vida cotidiana, cualquier hecho de lo más común que le puede acontecer a una criatura en los primeros tres años de su vida. Hasta que llega un nuevo hermano, claro: y entonces se produce otro motivo literario, el príncipe destronado, que novelara el gran Miguel Delibes, hecho éste que acentúa el carácter literario que el término, príncipe, princesa, destinado a los pequeños descendientes en sus primeros años de existencia.

La gran virtud de Salvador García Jiménez, su magia como excelente escritor, está en saber convertir lo prosaico, lo habitual, lo cotidiano en algo poético, poemático, lírico, en el sentido de auténtico, entrañable, subjetivo, personal. La novela lírica, dicen los expertos, es la novela que muestra la subjetividad del novelista, es aquella en la que el narrador cuenta algo que le implica directamente, refleja sus ansiedades y confirma sus pasiones, mientras que es construida con fragmentos de existencia. Lirismo es autenticidad, lirismo es también ficción, pero ficción de la buena.

Y Salvador García Jiménez tiene un personaje que él no ha creado como personaje real, pero que sí ha concebido como personaje literario, al que el lector va a conocer en sus aconteceres diarios, antes incluso de nacer. Y el narrador le ha dado vida y ha establecido con él una relación diaria, constante, entrañable y continua: y para ello se ha servido de un estilo y una estructura propios de la novela contemporánea más agresiva, escribiendo su relato en segunda persona del singular, para establecer entre autor y personaje un encuentro forjado en la relación más íntima y personal. Rasgo de lirismo que ya experimentó Juan Ramón Jiménez en su ya centenario Platero y yo, estableciendo un diálogo sin respuesta que es hermosa ofrenda de amor, de cariño, de afecto.

Y si de palabras hablamos, creo que este libro tiene una entrega más para disfrute del lector, un atractivo que a muchos deleitará. El filólogo que Salvador García Jiménez, doctor en Filología Románica, lleva dentro ha sido resucitado y restablecido, cuando lo vemos convertido como autor del libro en un agudo observador lingüista de la evolución del lenguaje humano, anotando los progresos idiomáticos de la criatura protagonista, transcribiendo fonética, gramática, sintaxis y semántica del nuevo hablante, y creando con estas transcripciones y estas reflexiones u dechado de dedicación filológica al progreso existencial y de convivencia de la nieta protagonista. Impagables los documentos lingüísticos aportados con dedicación y constancia en este singular libro de García Jiménez.

En definitiva que el novelista se entrega, en su lirismo, a convencer a su lector de que la relación evocada en su novela debe ser imperecedera, debe eternizarse, debe convertirse en permanencia sobre el tiempo. Porque esa es la gran virtud de la poesía, de la mejor poesía: permanecer la palabra sobre el tiempo, eternizarse…

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