Contemplaciones

Rafael Morales Barba (Madrid, 1958) acaba de publicar un nuevo libro de poesía, titulado Canciones a la deriva, bajo el sello de la Editora Regional de Extremadura en su colección de Poesía. Su mismo título avisa con claridad de los contenidos, formas y estructuras de los poemas que constituyen el libro, unitario en sus presentaciones y muy variado, sin embargo, en sugerencias y motivos. Porque si bien todos los poemas observan un aspecto rítmico de levedad, porque breves versos se unen en estructuras libres propias de la canción, los contenidos se complican en sugerencias anímicas de soledad, ausencia, memoria, asombro… En todos los casos, una constante y poderosa representación de la naturaleza circundante acompasa configuraciones intimistas del yo lírico. Luces sorprendentes y efectos cromáticos cambiantes van dejando entrever espacios marítimos de alto contenido simbólico, para mostrar esa inseguridad que viene sugerida por la palabra deriva, que destaca en el título del poemario.
No puede extrañar al lector justamente que los cuatro poemas primeros muestren la imagen de la medusa en su título, una medusa alegórica sin duda, pero que se convierte en referente inmediato de un ambiente inevitablemente hostil, que se corresponde con la deriva del título. Un cuerpo en la tarde amancillado, la indolencia que se mece en la orfandad deshojada, la medusa subterránea, pero casi etérea, y, finalmente, los turbiones de despojados espectros, constituyen todos el pórtico del libro que roza casi la representación surreal para acoger canciones sin simbólico rumbo fijo, esas mismas que se dejan llevar a la deriva. Y el cuarto poema, Luz de medusas, recopila motivos para constituirse, tras nuevas configuraciones marinas, en el consuelo de un final inseguro.
Crepúsculos y ponientes, luces de la tarde y del ocaso, predominan en algunas de estas canciones y muestran síntomas de grata decadencia, de serena delectación en los singulares e imposibles efectos de luz vespertina. Sin duda, el poeta se recrea en estos espacios y desarrolla nuevas imágenes visionarias que despliega en el entorno, en el paisaje, en busca, posiblemente, de una identidad que finalmente resulta insegura, intangible. No pueden confundir al lector las recuperaciones del paisaje y de la naturaleza con su poderosa fuerza estética. Porque en esas delectaciones en las que se goza el poeta, se hallan, sin embargo, los sentimientos encontrados de perplejidad que parecen sugerir tantas imágenes que de nuevo lindan con la irracionalidad. Pero lo cierto es que confirman de maravilla las sensaciones de deriva que todo el libro manifiesta de forma unitaria.
Son muchas las puestas de sol, los ocasos que quizá obsesionan o atrapan al poeta, pero la noche también protagoniza alguna de las estancias mostrando no solo progreso espacial de reducción de luz y crecimiento consiguiente de oscuridad, sino también formulación de tránsito propio, mientras la voz misma del yo lírico se apaga entre los murmullos de la bahía. De nuevo intensos efectos cromáticos construyen espacios que son vestigios de soledad. En otras oportunidades, calima, luz, día, iluminaciones de escenarios naturales y marineros, son reflejos intensamente cromáticos de ensimismamiento del yo lírico, empeñado en escrutar paisajes en los que al final se descubren realidades de sentimientos y de pasión. Y es que en ocasiones el yo lírico se hace presente con su pasión, su sensibilidad, su inquietud. Un poema, titulado Yéndose, revela instantes pasados y deriva, una vez más, de besos lentos en esta ocasión para mostrar al final la presencia del azar entre vestigios y silencio. Soledad, silencio, ausencia… porque la ausencia es también sentimiento encontrado entre tanta deriva, pero es una ausencia que genera, sin embargo, zozobra, mientras tiempo y memoria rehacen espacios de olvido.
Poeta de tierra adentro, con raíces paternas en Talavera de la Reina y prolongados veranos en tierras de Extremadura, Rafael Morales Barba sin embargo en este libro es  poeta de mar y como quiso Juan Ramón para su célebre Diario, este libro Canciones a la deriva es una especie de diario de poeta y mar, una sucesión de contemplaciones de espacios inmensos que van destilando sentimientos incardinados en el yo lírico ya señalados: ausencia, soledad, silencio, mientras el asombro ante los elementos que construyen ese entorno natural, marino y marinero, le hacer devenir hacia un tipo de poemas en forma de canción que navega, página tras página, composición tras composición, a la deriva… La luz y el mar, las sensaciones cromáticas de un paisaje vivido y sentido, son la cobertura ideal para acoger  reflexiones que son vida y que permanecen en la palabra poética de tantas composiciones inquietantes y complejas, pero llenas de lirismo y de autenticidad.afael Morales Barba (Madrid, 1958) acaba de publicar un nuevo libro de poesía, titulado Canciones a la deriva, bajo el sello de la Editora Regional de Extremadura en su colección de Poesía. Su mismo título avisa con claridad de los contenidos, formas y estructuras de los poemas que constituyen el libro, unitario en sus presentaciones y muy variado, sin embargo, en sugerencias y motivos. Porque si bien todos los poemas observan un aspecto rítmico de levedad, porque breves versos se unen en estructuras libres propias de la canción, los contenidos se complican en sugerencias anímicas de soledad, ausencia, memoria, asombro… En todos los casos, una constante y poderosa representación de la naturaleza circundante acompasa configuraciones intimistas del yo lírico. Luces sorprendentes y efectos cromáticos cambiantes van dejando entrever espacios marítimos de alto contenido simbólico, para mostrar esa inseguridad que viene sugerida por la palabra deriva, que destaca en el título del poemario.
No puede extrañar al lector justamente que los cuatro poemas primeros muestren la imagen de la medusa en su título, una medusa alegórica sin duda, pero que se convierte en referente inmediato de un ambiente inevitablemente hostil, que se corresponde con la deriva del título. Un cuerpo en la tarde amancillado, la indolencia que se mece en la orfandad deshojada, la medusa subterránea, pero casi etérea, y, finalmente, los turbiones de despojados espectros, constituyen todos el pórtico del libro que roza casi la representación surreal para acoger canciones sin simbólico rumbo fijo, esas mismas que se dejan llevar a la deriva. Y el cuarto poema, Luz de medusas, recopila motivos para constituirse, tras nuevas configuraciones marinas, en el consuelo de un final inseguro.
Crepúsculos y ponientes, luces de la tarde y del ocaso, predominan en algunas de estas canciones y muestran síntomas de grata decadencia, de serena delectación en los singulares e imposibles efectos de luz vespertina. Sin duda, el poeta se recrea en estos espacios y desarrolla nuevas imágenes visionarias que despliega en el entorno, en el paisaje, en busca, posiblemente, de una identidad que finalmente resulta insegura, intangible. No pueden confundir al lector las recuperaciones del paisaje y de la naturaleza con su poderosa fuerza estética. Porque en esas delectaciones en las que se goza el poeta, se hallan, sin embargo, los sentimientos encontrados de perplejidad que parecen sugerir tantas imágenes que de nuevo lindan con la irracionalidad. Pero lo cierto es que confirman de maravilla las sensaciones de deriva que todo el libro manifiesta de forma unitaria.
Son muchas las puestas de sol, los ocasos que quizá obsesionan o atrapan al poeta, pero la noche también protagoniza alguna de las estancias mostrando no solo progreso espacial de reducción de luz y crecimiento consiguiente de oscuridad, sino también formulación de tránsito propio, mientras la voz misma del yo lírico se apaga entre los murmullos de la bahía. De nuevo intensos efectos cromáticos construyen espacios que son vestigios de soledad. En otras oportunidades, calima, luz, día, iluminaciones de escenarios naturales y marineros, son reflejos intensamente cromáticos de ensimismamiento del yo lírico, empeñado en escrutar paisajes en los que al final se descubren realidades de sentimientos y de pasión. Y es que en ocasiones el yo lírico se hace presente con su pasión, su sensibilidad, su inquietud. Un poema, titulado Yéndose, revela instantes pasados y deriva, una vez más, de besos lentos en esta ocasión para mostrar al final la presencia del azar entre vestigios y silencio. Soledad, silencio, ausencia… porque la ausencia es también sentimiento encontrado entre tanta deriva, pero es una ausencia que genera, sin embargo, zozobra, mientras tiempo y memoria rehacen espacios de olvido.
Poeta de tierra adentro, con raíces paternas en Talavera de la Reina y prolongados veranos en tierras de Extremadura, Rafael Morales Barba sin embargo en este libro es  poeta de mar y como quiso Juan Ramón para su célebre Diario, este libro Canciones a la deriva es una especie de diario de poeta y mar, una sucesión de contemplaciones de espacios inmensos que van destilando sentimientos incardinados en el yo lírico ya señalados: ausencia, soledad, silencio, mientras el asombro ante los elementos que construyen ese entorno natural, marino y marinero, le hacer devenir hacia un tipo de poemas en forma de canción que navega, página tras página, composición tras composición, a la deriva… La luz y el mar, las sensaciones cromáticas de un paisaje vivido y sentido, son la cobertura ideal para acoger  reflexiones que son vida y que permanecen en la palabra poética de tantas composiciones inquietantes y complejas, pero llenas de lirismo y de autenticidad.afael Morales Barba (Madrid, 1958) acaba de publicar un nuevo libro de poesía, titulado Canciones a la deriva, bajo el sello de la Editora Regional de Extremadura en su colección de Poesía. Su mismo título avisa con claridad de los contenidos, formas y estructuras de los poemas que constituyen el libro, unitario en sus presentaciones y muy variado, sin embargo, en sugerencias y motivos. Porque si bien todos los poemas observan un aspecto rítmico de levedad, porque breves versos se unen en estructuras libres propias de la canción, los contenidos se complican en sugerencias anímicas de soledad, ausencia, memoria, asombro… En todos los casos, una constante y poderosa representación de la naturaleza circundante acompasa configuraciones intimistas del yo lírico. Luces sorprendentes y efectos cromáticos cambiantes van dejando entrever espacios marítimos de alto contenido simbólico, para mostrar esa inseguridad que viene sugerida por la palabra deriva, que destaca en el título del poemario.
No puede extrañar al lector justamente que los cuatro poemas primeros muestren la imagen de la medusa en su título, una medusa alegórica sin duda, pero que se convierte en referente inmediato de un ambiente inevitablemente hostil, que se corresponde con la deriva del título. Un cuerpo en la tarde amancillado, la indolencia que se mece en la orfandad deshojada, la medusa subterránea, pero casi etérea, y, finalmente, los turbiones de despojados espectros, constituyen todos el pórtico del libro que roza casi la representación surreal para acoger canciones sin simbólico rumbo fijo, esas mismas que se dejan llevar a la deriva. Y el cuarto poema, Luz de medusas, recopila motivos para constituirse, tras nuevas configuraciones marinas, en el consuelo de un final inseguro.
Crepúsculos y ponientes, luces de la tarde y del ocaso, predominan en algunas de estas canciones y muestran síntomas de grata decadencia, de serena delectación en los singulares e imposibles efectos de luz vespertina. Sin duda, el poeta se recrea en estos espacios y desarrolla nuevas imágenes visionarias que despliega en el entorno, en el paisaje, en busca, posiblemente, de una identidad que finalmente resulta insegura, intangible. No pueden confundir al lector las recuperaciones del paisaje y de la naturaleza con su poderosa fuerza estética. Porque en esas delectaciones en las que se goza el poeta, se hallan, sin embargo, los sentimientos encontrados de perplejidad que parecen sugerir tantas imágenes que de nuevo lindan con la irracionalidad. Pero lo cierto es que confirman de maravilla las sensaciones de deriva que todo el libro manifiesta de forma unitaria.
Son muchas las puestas de sol, los ocasos que quizá obsesionan o atrapan al poeta, pero la noche también protagoniza alguna de las estancias mostrando no solo progreso espacial de reducción de luz y crecimiento consiguiente de oscuridad, sino también formulación de tránsito propio, mientras la voz misma del yo lírico se apaga entre los murmullos de la bahía. De nuevo intensos efectos cromáticos construyen espacios que son vestigios de soledad. En otras oportunidades, calima, luz, día, iluminaciones de escenarios naturales y marineros, son reflejos intensamente cromáticos de ensimismamiento del yo lírico, empeñado en escrutar paisajes en los que al final se descubren realidades de sentimientos y de pasión. Y es que en ocasiones el yo lírico se hace presente con su pasión, su sensibilidad, su inquietud. Un poema, titulado Yéndose, revela instantes pasados y deriva, una vez más, de besos lentos en esta ocasión para mostrar al final la presencia del azar entre vestigios y silencio. Soledad, silencio, ausencia… porque la ausencia es también sentimiento encontrado entre tanta deriva, pero es una ausencia que genera, sin embargo, zozobra, mientras tiempo y memoria rehacen espacios de olvido.
Poeta de tierra adentro, con raíces paternas en Talavera de la Reina y prolongados veranos en tierras de Extremadura, Rafael Morales Barba sin embargo en este libro es  poeta de mar y como quiso Juan Ramón para su célebre Diario, este libro Canciones a la deriva es una especie de diario de poeta y mar, una sucesión de contemplaciones de espacios inmensos que van destilando sentimientos incardinados en el yo lírico ya señalados: ausencia, soledad, silencio, mientras el asombro ante los elementos que construyen ese entorno natural, marino y marinero, le hacer devenir hacia un tipo de poemas en forma de canción que navega, página tras página, composición tras composición, a la deriva… La luz y el mar, las sensaciones cromáticas de un paisaje vivido y sentido, son la cobertura ideal para acoger  reflexiones que son vida y que permanecen en la palabra poética de tantas composiciones inquietantes y complejas, pero llenas de lirismo y de autenticidad.

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