Desdoblamientos y dualidades


Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. J. L. Borges


En la mitología y folklore germánicos la visión de tu doble representaba la muerte o era un augurio de fatalidad. Según escribió el dramaturgo sueco Strindberg, «el que ve a su doble es que va a morir». La Literatura, no obstante, ha sabido absorber  esta potente imagen, el asunto del doble, y la ha convertido en trasunto narrativo, simbólico y estético.
Quizá es durante el Romanticismo cuando con más fuerza emerge el tema del doble o del doppelganger. Anteriormente se puede rastrear en algunas comedias de Plauto (Anfitrión) o de Shakespeare (La comedia de los errores), quienes juegan a que dos hermanos gemelos e idénticos sean confundidos, creando así situaciones hilarantes y paradójicas.
No obstante, como decíamos, será en el Romanticismo cuando el tema del doble suscite mayor interés. No hay que olvidar que durante este período, como reacción al exceso de raciocinio que imponían las filosofías materialistas y positivistas, los escritores comenzaron a buscar en el mundo interior del ser humano, en lo irracional y en lo onírico. Es, por lo tanto, el asunto del doble una forma de representar la dualidad del ser humano, enfrentar su parte oscura e indagar en la porosidad de la identidad. Espejos, sombras, espíritus que se nos parecen, que son nosotros mismos…
Uno de los primeros autores relevantes que se ocupó del doble fue E.T.A. Hoffmann. En su novela Los elixires del diablo (1815) encontramos a un protagonista perseguido por su propio doble. Más adelante, obras emblemáticas como El Horla (1886) de Maupassant o Doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886) comienzan a conformar literaria y estéticamente este fenómeno. En la célebre nouvelle de Stevenson se puede apreciar la dicotomía entre el bien y el mal, entre lo racional y lo impulsivo. El doble nos habla de nuestras propias ambigüedades, de nuestra fragmentaria y contradictoria personalidad.
En las piezas de Maupassant, el doble no es tratado como en Stevenson, no supone una dicotomía bien definida de la personalidad. Por el contrario, sus personajes —como su autor— sufren una enajenación que les hace distorsionar su realidad. De hecho, en sus últimos años de vida, Guy de Maupassant sería víctima de visiones, alucinaciones y manías persecutorias. La locura y la literatura jamás estuvieron tan alineadas en un mismo hombre.
Más adelante, ya entrados en el siglo XX, el tema del doble es tratado desde una perspectiva más metaliteraria, con una sensibilidad distinta, que se aparta del ámbito del terror para formar parte de la literatura neofantástica. Una literatura con una cosmovisión más acendrada y que busca explorar asuntos filosóficos o existenciales, expresar la complejidad del mundo. Como sabemos, autores de la talla de Borges o Cortázar han empleado el doble en algunos de sus más conocidos relatos.
Borges escribió sobre este tema en ensayos y poemas. Pero sus obras más relevantes, en las que el tema del doble es central, son los cuentos El otro y Veinticinco de agosto, 1983. En  El otro, un joven Borges tiene  un encuentro con un anciano Borges. El relato se convierte en un diálogo (monólogo) sobre literatura, arte y vida, en el que el autor argentino se adentra en su propia conciencia, analiza el paso del tiempo en su discurrir histórico y experiencial, a la vez que nos regala un magnífico relato sobre la continuidad de la identidad, la vida y la memoria. En Veinticinco de agosto, 1983, un Borges se encuentra con el otro Borges, algo mayor, que pretende suicidarse. Otra vez, el tema de la muerte, la identidad fracturada y la literatura se alían en una composición extraña y memorable.
Cortázar también escribió numerosos relatos en los que el tema del doble está presente. En Lejana, una joven argentina siente la presencia de una mujer que vive en otro país, que es otra pero que también es ella misma. Al final, acabarán encontrándose, intercambiando sus identidades. Algo similar ocurre en el cuento Axolotl, en el que un hombre que visita en el acuario los ajolotes, terminará identificándose con los anfibios hasta el extremo de llegar a ser uno de ellos, encerrado para siempre en la pecera, en el mundo acuático. En otra pieza titulada La noche boca arriba, Cortázar nos cuenta la historia de un personaje que tras sufrir un accidente  en moto comienza a soñar que es un indio precolombino. En el transcurso del relato, la alternancia de mundos (siglo XX/América Precolombina) y estados (sueño/vigilia) provocará una inversión, acabando el relato con la sorpresa de un indio que soñaba que era un hombre que tuvo un accidente en moto. Aquí, por supuesto, no podemos dejar de acordarnos de ese relato de Chuang Tzu en el que un hombre sueña que es una mariposa, que al despertar no sabe si es una mariposa que sueña ser un hombre.
Muchos son los libros reseñables sobre este interesante asunto. William Wilson de Poe; El doble de Dostoievski: una especie de anticipación de Kafka. Dos imágenes en un estanque, de Papini, de quien a buen seguro Borges tomó prestado algún elemento. The jolly corner, de Henry James, cuento extraño en el que paradójicamente, es un hombre quien persigue a su fantasmal y pretérito yo, aquel que hubiese sido si hubiese vivido en otra casa que finalmente abandonó. De la literatura actual, rescataría un cuento del joven escritor francés Bernard Quiriny. En sus Cuentos carnívoros (2005), la pieza titulada El episcopado de Argentina, da una vuelta de tuerca al tema del doble, proponiendo a un solo personaje que habita en dos cuerpos.
Por supuesto no puede faltar en mi lista el autor rumano Mircea Cărtărescu, quien en su novela Los gemelos, incluida en Nostalgia (2012), nos propone una visión del amor, la angustia y la disolución de la identidad, con una prosa y una creación de atmósferas dignas de uno de los mejores autores de nuestro tiempo. Como en Lejana de Cortázar, aquí el doble es producto de una fusión o intercambio de identidades, entre un atormentado joven y su amada.
El otro, como diría Platón, está en nosotros mismos. Y quizá, el propio lector, al término de cualquiera de estas historias duales, convendrá en que su propio yo ha padecido algún cambio y ya es el otro.

 

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