Entre nieblas

00603LIBMUComo aquellos inventores de espacios míticos —Faulkner, Onetti, Rulfo, etc.— el leonés Luis Mateo Díez cuenta con su parcela particular para mover sus peones de ficción, esos perdidos provincianos y solitarios —nunca como ahora el título encierra la globalidad de la obra— a los que siempre ha sido aficionado un escritor que inventó Celada y que ahora echa mano de Balma, la Ciudad de la Sombra, lugar marcado desde el principio por esas nieblas que inundan de parte a parte un texto de enormes posibilidades simbólicas que apuntan a cuanto ocurre en una cultura o en un pueblo en decadencia —algo de Spengler y la pérdida de valores recorre el mapa geográfico y literario— que aparece, como queda dicho, envuelto en un manto de niebla que oculta todo aquello que se vería si no estuviera sellado, cubierto por el velo, tapado por la naturaleza hostil, gris, fría, helada, con cierto hermetismo que aparece en la obra de Juan Eduardo Zúñiga, esa punta de misterio necesario para no hacer concesiones a un lector que, de ser improvisado y visitar la peculiar disposición por vez primera, se perdería en los obstáculos, trabas y laberintos que Luis Mateo pone en el camino si consideramos que el artista, al contrario que los autores sociales de los años cincuenta, declina de dar cuenta de la realidad cercana, de la historia de los personajes, para entregarse a incluir valleinclanescas conversaciones incesantes —la obra es tan dialogada como contada por un narrador objetivo en tercera persona— en torno a la vida, a la existencia, al destino, al mal, a la religión y a la patria, a la mala conciencia, un tono metafísico y sentencioso que no anula que de tiempo en tiempo actúen los procedimientos jocosos,presentes en un autor que ha jugado siempre con la mezcla de humor y melancolía, con la combinación que proporciona el habla popular con el sabor cervantino, al que siempre se ha sentido acogido.
Si hablamos del personaje Eugenio, contamos con Ambrosio Leda del que tenemos escueta noticia de que fue maestro, que hubo de pasar por el tribunal de depuración, que dejó a su familia desamparada y que encarna la figura principal de un relato que se asienta en lo que dice, mucho más que lo que hace; en lo que se formula, no en sus proezas que no son otras que vivir marginado en lugar apartado, cobijo oportuno para la reflexión. Y encuentros extraños con seres animados e inanimados, concediendo margen al sueño porque todos los libros de Luis Mateo contienen nubes de esa naturaleza, tal como aspectos expresionistas, fruto de esa tendencia suya a mezclar elementos de diversa procedencia que acaban conformando un mundo personal, un estilo propio que ya conocemos aquellos que seguimos al autor desde que publicara La fuente de la edad, ese libro en donde se encuentran muchos de los ingredientes que han compuesto su obra final. Y todo ese mundo ocupa un dédalo de calles tomadas por una niebla que cubre los pasos, que tapa los motivos, que oculta los secretos y los desvelos de quien alude sin duda —pero de otra manera— a esa eterna crisis de un pueblo o de una cultura, acaso de toda una civilización aunque se tenga la certeza de que apunta a la España de la posguerra. Motivos como los del saco, apuntan a esas metáforas de carácter degradante a las que hemos aludido en su momento. Pero estamos ante un  escritor culto, alejado de los ruedos y juegos comerciales, que tras larga trayectoria, apuesta fuerte por tratar temas eternos con grandes paños de bruma y niebla que quieren tapar sangrantes y amargas verdades.

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