La existencia es un navío

Los tripulantes del Líricus es el cuarto libro de poemas de José Siles González (Cartagena, 1957), profesor de la Universidad de Alicante que ya había dado a las prensas con anterioridad diversos volúmenes de narrativa, entre los que podemos destacar Resaca Estigia (1987), La última noche de Erik Bicarbonato (1992), El hermeneuta insepulto (1993), La delirante travesía del soldador borracho (1994), El latigazo (1997) o La Venus de Donegal (2012). Este último volumen lírico, en cambio, continúa la senda emprendida por títulos como Protocolo del hastío (1996), El sentido del navegante (2001) y La sal del tiempo (2006).
El Líricus es una creación de José Siles, quien afirma que «la existencia es un navío tripulado por los seres humanos«. Partiendo de esa metáfora, el autor ofrece una colección de veintiséis poemas de extensión variable en los que va explorando diferentes facetas de la vida, de la infancia, de la familia, del mundo… Antonio Marín Albalate, en el prólogo de Los tripulantes del Líricus, ofrece algunas de las claves de lectura del poemario, como la omnipresencia del Mediterráneo, mar que baña tanto la costa de la ciudad natal del autor, Cartagena, como la provincia de Alicante, en la que vive y trabaja José Siles desde finales de los años ochenta. Marín Albalate nos invita a una travesía que nos conducirá a través de los lugares y tiempos vividos por el autor, que eventualmente se transforma (y nos transforma) en «tripulantes del Líricus»: en ocasiones el comandante, a veces el timonel…
Ya el primer poema, Despedida desde el rompeolas, presenta una escena en la que todos saludan al Líricus en su partida. Un primer hito en esta travesía es la pieza titulada Muelles de la historia, en cuyos versos se canta la influencia que en toda nuestra cultura ha tenido el Mediterráneo, con puertos milenarios que han visto aparecer y desaparecer diferentes culturas y civilizaciones. Espíritu de Drake apareciéndose al girar Cabo de Hornos, por el contrario, evoca a uno de los más famosos piratas de la historia: «Ayer, cuando bebías / tu último whisky a bordo, / temblabas al recordar los temporales / vencidos por el Líricus, / ese navío invicto hasta / en la mismísima Tierra de Fuego».
Sin duda, una de las mejores composiciones de todo el volumen es La isla flotante, cuyo motivo central, por cierto, recuerda a la poesía cubana en general y a la de Virgilio Piñera en particular. En La isla flotante, el yo poemático se pasa la existencia buscando una isla que resulta ser él mismo, algo que puede descubrir únicamente cuando ya ha recorrido el camino que configura la propia existencia. Ítaca es la isla, claro, pero la vida no la encontramos allí, sino en los múltiples intentos por alcanzarla. Otra pieza que destaca entre el resto es Pantera urbana y cosmopolita recitando ‘La tripulación del Líricus’, ya que supone un interesante juego de espejos: «Ser inmortal / y compartir la eternidad / escuchando / y observando / aquella pantera urbana / y cosmopolita, / que susurra los poemas / más invertebrados / de La tripulación del Líricus».
En definitiva, la utilización del Líricus como recurso funciona a la perfección, ya que le permite a Siles recrear escenas históricas, como ocurre en Ataque naval al amanecer o Mar de vísperas, pero también viajar hasta su patria chica, Cartagena, y hasta su propia infancia y juventud, como  en los versos de Desmaneceres, La abuela del comandante o Niño de abrigo azul en el Monte Sacro. Crónica de un bombardeo casi imaginario. El Líricus no es, por tanto, un navío repleto de fantasmas, aunque al final del viaje nos espere a todos una muerte tan segura como inexorable, sino un barco tripulado por la vida, los recuerdos, la memoria, la historia e incluso las esperanzas de todos los que un día viajaron a bordo de él, que somos todos nosotros.

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