Lo peor ya ha pasado

En la entrega anterior, hablando de la obra literaria de un periodista, nos referíamos a las relaciones entre la literatura y el periodismo y sus exigencias éticas, y a las diferencias entre la literatura dominante y nuestra ‘literatura discreta’.
Hoy encontramos muchos y buenos ejemplos de representantes de esta literatura discreta, fiel sin lamentos a la mejor tradición literaria, y que existe junto a la otra, la celebrada por los mass-media y las listas de ventas. Escritores que han decidido dejarse el alma y el dinero para dar cuenta de esa batalla entre el Arte y la Vida. Escritores sin ruido que han sabido ir lenta y delicadamente construyendo una obra independiente, rigurosa con el lenguaje, misericordiosa con los humanos y leal con la literatura misma. Eduardo Carrasco, con su Lo peor ya ha pasado, añade a todo esto la mirada periodística propia de su formación intelectual.
Estamos, en efecto, ante el libro de un periodista, y ante el modo de acercarse al periodismo de un escritor. No creo que ni él mismo sepa ya, ni le interese, saber si es lo primero o lo segundo, porque sin duda es ambas cosas y ambas están en este libro inextricablemente ligadas. ¿Podríamos decir que Balzac era un periodista por su famosa reflexión sobre la literatura como un espejo al borde del camino? ¿O que Martín Prieto era un literato en sus extraordinarias crónicas sobre el juicio del 23F, con su uso de metáforas que han hecho historia como la del Elefante Blanco? No hay diferencia entre la prosa de periódico de Mario Vargas Llosa, con una obra de articulista excepcional, y la prosa de sus novelas. Ambas son la misma, claras y precisas como un río de nieve, plenas de ritmo y de una sencillez aparente que es el más perseguido de los frutos para cualquier artista: la luminosidad, el logro de los perfiles reales de las cosas, más que las cosas mismas,  una luz definitiva sobre el mundo.
La prosa de Eduardo es limpia, concisa, siempre al servicio de la historia que nos está relatando. Lo que nos ofrece son catas de realidad, un ejercicio de periodista en su forma de mirar, en su selección de aquello en lo que se detienen su mirada y sus recuerdos (el escritor es esa torre de Babel de los recuerdos sobre la que trata de poner orden); y es un ejercicio de escritor en su forma de ofrecernos esa realidad, en su voluntad de alzarse sobre la anécdota para alcanzar la universalidad de los sentimientos, de la grandeza y la miseria de la condición humana a través de ese conjunto de pequeñas historias que casi nunca acaban. Como en la vida. Ahí es donde suele utilizar, con gran maestría, un recurso de extraordinaria eficacia en el relato corto, y también compartido con algún género poético, como el romance tradicional, que es la suspensión poética: dejar las historias como suspendidas en el aire, dejándonos a nosotros, sus lectores, también allí con ellas, con ese regusto de quien quiere más y busca en su boca apurar el sabor de ese pedacito de realidad, reconocible y nuevo a la vez, que es cada uno de los relatos de este libro.
Pero estas no son sus historias: son las nuestras, las de este momento histórico que hemos dado en llamar la crisis. Su muestrario es, finalmente, el de una inmensa decepción, ese trampantojo en el que creíamos vivir, y que nos ha golpeado a todos. Y esa es una de las grandes virtudes de esta mirada de Eduardo sobre las vidas quebradas que nos resumen: que ha sabido penetrar en los detalles humanos, en la verdad de cada existencia concreta para elevarse con ellas hasta una verdad general. Y lo ha hecho, para ornato de su libro, sin sectarismo, sin prejuicios, dejando que la realidad entrara limpia en su obra. Por eso encontramos un fresco en el que podemos reconocernos: los desahuciados, los estafados, los inmigrantes, sí, pero también los autoengañados, los que se creyeron dueños del mundo y han acabado viviendo con un padre pensionista. Y quiero destacar, muy especialmente, de esta mirada de Eduardo la piedad, la compasión con la que se acerca a sus personajes. Y también la ironía suprema que preside el libro, la crítica más feroz de todas y que está expresada con un golpe de humor: el relato que da título al libro, y que viene a dar un mayor valor de universalidad al conjunto: lo peor siempre ha pasado, pero sólo en los sueños. Y esa es la verdad de nuestro destino, hoy y siempre.
No quiero acabar sin recomendarles un relato que no pertenece al escenario de la crisis que vertebra el libro, sino al de la verdad siempre superior del hombre y del arte: la infancia, el amor a los padres, la lealtad a los que todo nos lo dieron. No se lo voy a recontar. Eso no se bebe hacer nunca. Recordemos lo que Tolstoi  contestó cuando le preguntaron de qué trataba Guerra y paz, creo: «Mire usted, si pudiera resumirlo, no lo habría escrito». Lean, por favor, Tuneado.
Estamos pues ante el libro de relatos de un periodista, o ante el libro de un periodista que ha dedicado sus últimos años a la literatura, o ante el libro de un escritor que se gana la vida como periodista. ¿Qué más da? Lo importante es que esa mixtura está presente en la frescura, la eficacia narrativa, la claridad, la amenidad, el ritmo y, sobre todo, en el tino con el que esos fragmentos de realidad han sido seleccionados: el narrador, insistamos en ello, es antes que nada una mirada, una ‘maniera’ de mirar en la que brillan los detalles que se nos imponen como significativos, que termina por conformar una realidad otra mucho más cierta y reveladora que la propia realidad que creemos ver. La función del escritor y su virtud siempre fue esa: ver lo que no vemos, configurar lo que no sabemos ver, dar estructura y relaciones a lo que percibimos disperso, disgregado, de modo que nuestra propia vida aparezca nueva, sustentada por esas palabras que reinventan el mundo.
Esos son, para mí, los principales regalos que nos hace este libro, preciosamente editado, además: la prosa transparente, la sencillez sin efectismos para servir a las vidas que nos pone delante. Y ese conjunto de historias a las que llamaríamos reales, su mayor virtud, pero que nos dejan con la sensación de que esa realidad reconocible se ha tornado en el transcurso de cada relato en una re-visión, una reconstrucción que se nos ha pegado a los sentimientos hasta transformar nuestra percepción de lo que creíamos conocer. Esa fue siempre la aspiración del periodismo. Y esa es la misión de la literatura: que la vida sirva a las palabras, y las palabras a la vida.

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