Y los sueños, sueños son

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Detrás de esta novela hay una historia curiosa, tanto como la misma obra cabría decir. Fue publicada por un sello prestigioso, obtuvo buenas críticas e incluso quedo finalista del James Tait Memorial Prize; sin embargo, los lectores le dieron la espalda. Pasado el tiempo, su autor, Stephen Benatar, intentó que fuese reeditada, pero el fracaso de ventas pesó más que la unánime estima de los especialistas. Tanto que después de que 35 editoriales rechazaran su publicación, y cuando Benatar estaba a punto de autoeditarla, ese caprichoso azar que a veces proporciona cierta justicia le puso en el camino del editor de The New York Review of Books, que accedió a leerla y quedó prendado de ella. La novela vio así la luz de nuevo y, de inmediato, se convirtió en una de esas obras de culto que, sin embargo, ha tardado casi ocho años en aparecer en España. Ahora es posible disfrutar de La vida soñada de Rachel Waring, una narración tan original que hace honor a su consideración.
Benatar propone al lector participar en una ingeniosa travesura literaria, invitándole a transitar con sus personajes por un territorio desconcertante, en el que nada resulta ser lo que parece aunque siembre el camino de pistas que inducen a percibir un desarrollo de la acción previsible. Sin embargo, cuando todo parece demostrar que se está en lo cierto, introduce un inesperado giro que varía el rumbo de la historia hacia una nueva interpretación de los hechos. De esa forma, la lectura se convierte en una especie de juego del despiste que exige llegar hasta el final para descubrir su auténtico significado.
En apariencia, narra la peripecia de una mujer madura que decide abandonar su rutinaria vida para instalarse en una destartalada mansión que ha heredado de su tía abuela, en Bristol. Allí descubre que en la casa vivió siglos atrás un filántropo que murió joven, y del que apenas se conocen algunos rasgos de su existencia. Obsesionada con este personaje, Rachel remodela la vivienda y emprende una nueva vida en la que un optimismo enfermizo se apodera de todos sus actos.
Sólo a través de las reacciones de las personas con quien se va encontrando en este nuevo episodio de su existencia, es posible entrever que algo no cuadra en la historia. Es cierto que el personaje se comporta con una extravagancia que puede resultar a ratos excesiva, incluso especiamente impertinente y ñoña, que despierta el rechazo de sus vecinos. Pero sólo cuando comienzan a difuminarse los perfiles de la realidad, y el personaje se sume progresivamente en sus obsesiones, se desvela el trágico secreto que se esconde tras esta historia.
La fuerza expresiva que proporciona la primera persona adquiere en este relato una dimensión extraordinaria, pues es la propia protagonista la que ejerce de juez y parte de su propio delirio. Algo parecido al ensueño que envolvía al personaje de Carlos Galván, magistralmente interpretado por José Sacristán en El viaje a ninguna parte. Alguien capaz de construir un universo soñado a partir de los retazos de una realidad convencional.
Este atrevido juego de perspectivas mantiene el desconcierto hasta la última línea de la novela. E incluso cuando acaba es inevitable sentirse intrigado, pues no se termina de saber cuánto hay de realidad y cuánto de fantasía en toda esta historia.
La vida soñada de Rachel Waring es una agradable trampa que se lee de un tirón, tal y como dijo en su día Edwin Franks, el perspicaz editor de la publicación norteamericana que la devolvió a la vida.

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