Cuando llueve la ausencia

Maquetación 1Sergi Pàmies se quita la chaqueta, la camisa, los zapatos, el gesto cansado de un día cualquiera, la memoria arrugada que no siempre lleva a todas partes, y lo va dejando todo abierto sobre la cama. Lo hace con la misma calma, distanciamiento y suave tristeza que tiene su prosa, como si fuesen las prendas prestadas por la vida para salir a la calle de la literatura. Igual que si fuesen las partes del disfraz que va a necesitar el personaje de la ficción a la que lleva días dándole vueltas. Irónicamente, con un poco de acidez y descreimiento, y también con la ternura que Pàmies esconde entre líneas en forma de hilos sueltos con los que una mano atenta puede restañar las heridas imperfectas, los desconchones de la biografía emocional.

Hace cuentos que Pàmies hace más vulnerables a los lectores que se comen un limón sin hacer muecas, que soportan la realidad sin que se les caiga la cara de vergüenza o que intentan salir adelante sin dejar de dar pedales en una bicicleta estática. Todos ellos son sus cómplices. Forman parte de la memoria, de la melancolía, de la dignidad con la que el escritor escribe acerca de las pérdidas, de las pequeñas conquistas, de la derrotas que se libran dentro de los dramas de andar sin brújula por la vida. Incluso de lo que sucede cuando llueve la ausencia, como acaba de hacer en las veintiséis piezas musicales de Canciones de amor y de lluvia, una vez más en Anagrama.

Hay quien afirma que Sergi Pàmies escribe distinto cada vez. Que nunca se sabe qué va a contarnos en los nuevos cuentos de un libro nuevo. Se equivocan. Su lector habitual sabe lo que va a contar. Puede que se pregunte desde dónde lo hará y si se retará abordando un tema diferente. Pero el universo Pàmies está muy claro. Es esa realidad cotidiana en la que una anécdota o la rutina terminan por explotar definitivamente —porque hace tiempo que, sin ruido, lo lleva haciendo— descubriendo las sombras, los vacíos, los ángulos muertos que componen la identidad de un hombre, su microcosmos afectivo, su herencia familiar, la mirada con la que se juzga a sí mismo cuando reflexiona acerca del fracaso o de los insignificantes triunfos que tienen más valor del que aparentan.

El juego entre la invención y la memoria, entre la nostalgia y la aceptación, son el enfoque desde el que Pàmies susurra la música, esta lluvia, de la dependencia de la memoria, del final progresivo del amor, de la rutina de la comunicación, de los secretos entre padres e hijos, de las aventuras con las que todos pretendemos enriquecer la realidad o encontrarle un sentido. Y lo hace con un humor puntiagudo e higiénico que es su forma de evitar el sentimentalismo, de extirpar la nostalgia y de no dejarse llevar más allá de la esperanza necesaria.

Todo esto encontrará el lector que le sigue y el nuevo que se le acerque en estos cuentos donde su madre lucha por tejer una bufanda —hermosa metáfora de la escritura y el compromiso— cuando la edad le tropieza la vista y las manos; en los que hay un viaje familiar con una lápida provisional para una tumba; un esposo aparcado al que le fallan los reflejos para cazarle a su mujer un autógrafo de Serrat; donde un escritor que visita a Auster, junto su mujer editora de la escritora que es la mujer de Auster, pelea con sus nervios e inseguridades, y en los que otra mujer llora todos los días a la misma hora.

También hay otras realidades con sus contradicciones y otros sueños desacreditados con las y los que Pàmies le toma el pulso al desencanto que se despierta cuando se enfrenta la edad madura y uno silba canciones para soltar lastre contra las distorsiones del tiempo Y lo cuenta todo Pàmies como quien sabe que llegará a casa y se quitará la chaqueta, la camisa, los zapatos, el gesto cansado de un día cualquiera, con sus lluvia y sus ausencias, para dejarlo todo sobre la cama y que la vida la vistan otros.

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