Relámpago de lucidez y ternura

blitzDavid Trueba es ese tipo que estuvo casado con Ariadna Gil, que ha dirigido un puñado de películas, algunas de ellas memorables y cargadas de Goyas, que hace guiones para otros de vez en cuando, que es periodista y que, además, escribe novelas que te pegan un puñetazo en la cara cuando las lees y te hacen reflexionar, unas más que otras; algunas te hacen sonreír melancólicamente mientras miras atrás, y a veces te sacuden por dentro, te remueven y de señalan sutilmente un camino, una vereda que diverge de la encrucijada en la que estás. Tiene ese don, punch, talento, gancho o como diablos quieran llamar a esa cualidad que permite a unos pocos atrapar a muchos escribiendo con el ritmo con el que las olas lamen la orilla de la playa o, si lo prefieren, con la cadencia exacta para que un libro te seduzca en pocas páginas, las mínimas para que acabes diciendo al instante ¿dónde habías estado tú antes? Y todo eso que Trueba sabe hacer tan bien ha vuelto a suceder con Blitz, su último trabajo con Anagrama, por supuesto, un novelón de apenas 160 y pico páginas que se lee de un tirón y deja un poso profundo y doloroso, según tu momento vital.

El protagonista de la obra es Beto, un arquitecto de poco más de treinta años especializado en paisajismo, en diseñar jardines en un mundo que ha olvidado hace tiempo lo que era una zona verde. Junto a su novia, acude a Múnich para participar en un concurso internacional al que ha presentado un proyecto de su cosecha, con el que espera cambiar su mediocre trayectoria profesional, pero justo en ese instante en el que todo podía ir a mejor en un relámpago (blitz en alemán), un giro inesperado del destino, una jugarreta de la vida o del karma, hace que Beto tenga que pararse y pensar y ver qué hacer consigo mismo, si lo suyo tiene solución después de recibir un golpe como el que podrán comprobar ustedes al leer la novela. Ahí tendrá que vérselas con él mismo, y ahí también es donde Trueba despliega todos esos recursos literarios, esa escritura lenta casi pastosa que a ratos te arrulla y a ratos se vuelve vigorosa y vertiginosa, y te das cuenta de que en la suerte del humor melancólico, de la recreación de la tristeza sin autocompasión, es uno de los mejores.

En ese punto exacto en el que todo puede irse al carajo, Helga, una mujer de otra edad, de otra generación, aparece en su vida. Un encuentro que es el corazón del relato, y al mismo tiempo el punto de giro, el principio del cambio de Beto, que andaba perdido y, aunque siga estándolo, empieza a darse respuestas. Y, sobre todo, esta novela es una reflexión sobre la vida, el amor, la amistad y la proyección profesional de una intensidad y profundidad tales que si usted es humano y está en el momento justo le hará sonreír y, a ratos, le dolerá, porque apuesto lo que quiera a que habrá tenido pensamientos similares, si no idénticos, a los que pone en negro sobre blanco Trueba.

Otra reflexión que le he escuchado a un crítico: Blitz nos enseña a no perder el tiempo con la persona equivocada. Es otra forma de verlo e igual es Trueba el que se lo tiene que decir a usted. Con Blitz Trueba confirma el éxito de su monumental Saber perder, otro puñetazo a la cara de los biempensantes, que somos casi todos; y la senda que iniciara con Cuatro amigos, una novela que forma parte del patrimonio juvenil e inmaterial de buena parte de los treintañeros españoles. Háganse un favor y léanla.

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