Cama, canica, piedra

00304LIBMUFilósofo risueño, suabo mofletudo, catedrático con pinta de electricista, aunque hubiera preferido ser fontanero (habría ahorrado dinero) tras ver lo que Truman hizo en Hiroshima a partir de su formulación E=mc2 (¿se puede ser más conciso?), con la que ensayaba cómo destrozar el átomo a voluntad para descifrar la Teoría del Campo Unificada, y otros no sólo. Ya dijo que la cuarta guerra mundial —en la tercera estamos— se haría con palos. Un científico, un hombre común y pacífico que podía predecir cómo iban a comportarse los astros (el próximo día 20 también hay eclipse solar, ese que le demostró en 1939 que no erraba al vislumbrar la curvatura de la luz). Alemán hijo de padres judíos, intelectual, internacionalista, pacifista, apátrida, con una mente como una partícula subatómica, y eso que de pequeño le llamaban el atontado. Su lentitud para aprender a hablar le permitió mejor observar los fenómenos cotidianos, los detalles, en los que pocos se detienen y sin embargo.
Sobrepasó a Newton al alejarse de lo inmediato, es decir, tomar perspectiva, y silbar lo relativo en vez de lo absoluto. De ahí los 20.000 marcos que los nazis pagaban por su cabeza despeinada, hombre de ropa holgada y xancleta. Un rarito que no jugaba al balón, prefería observarlo sabiendo que los griegos habían ido lejos al especular sobre los deseos de los objetos, y que era mejor aprender a calcular sus fuerzas; que reclamaba la necesidad de un gobierno mundial para la paz idem, a sabiendas de que hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, aunque en lo primero no estaba muy seguro. Seguidor de Kant, Spinoza, Hume, tres filósofos críticos —«es tarea del físico mantenerse críticamente vigilante»— con la tradición metafísica relacionada con la escolástica (la filosofía, inspirada en Aristóteles, que fue la más extendida durante la Edad Media).
Era Albert Einstein, contrario a la disciplina prusiana, la enseñanza arbitraria y el dogmatismo tan en boga cuando el Bismarck canciller y no sólo. Un insolente descarado, con facilidad para albergar dos pensamientos a la vez; loco por el éter en virtud del haz que hace visible el polvillo atmosférico, defensor de la imaginación más que de la acumulación; corredor a la velocidad de la luz, esa aspiración del niño que nunca dejó de ser. Y profesor heterodoxo, crecido entre los cuentos de Grimm, que su padre le narraba antes de ir a dormir o para que durmiera. A ver si va a ser esa ley sobre la mutación consonántica la que abrirá pistas sobre aquello que se quedó formulando en descomunales ecuaciones hasta poco antes de exhalar definitivamente…
Einstein como científico coincidió con Kafka como literato (en las reuniones de arconautas) cuando éste dijo: «Los hombres están unidos entre sí mediante cuerdas. Es un mal asunto cuando se aflojan las cuerdas que le enlazan a uno y se hunde un poco más que los otros en el vacío. Pero aún es más horrible cuando se rompen y uno acaba por caer. Por eso uno debe sujetarse a los otros». Que conste que a Einstein le preocupaban las magnitudes, no menos que el magnetismo, pues dejó dicho que el amor es como un imán poderoso que atrae desde la distancia. ¿La teoría de la relatividad tiene que ver con las relaciones entre los sexos? Quizá fuera porque le gratificaba pensar por el hecho de pensar como interpretar o escuchar música, aunque para él ninguna palabra podía superar la belleza de una ecuación. Sus teorías sobre la masa y la energía y que lo reciproco también fuera cierto fueron un gran avance para la ciencia.
De todo ello escribe Vicente Muñoz Puelles en su reciente libro A la velocidad de la luz, El joven Einstein, que presenta por los colegios como una biografía. Arranca cuando el científico cumple 76 años (aunque eso no signifique nada) y da cuenta de su vida sazonada con páginas en las que se explican las dos teorías, la de la relatividad restringida (1005) y la de la relatividad generalizada (1915). Un libro que el mismo Muñoz Puelles solicitó escribir a la editorial por afinidad con el personaje y porque este año se cumple un siglo desde que Einstein diera a conocer su crucial descubrimiento. Hoy sábado, 14 de marzo, habría cumplido el finado 136 años, de no ser porque si la materia desaparece, el espacio-tiempo también.
Es un libro magno esfuerzo, manual abreviado de clases de física comprensible que Muñoz Puelles ha escrito con la ayuda de Rolf Tarrach, físico teórico hasta hace poco rector de la Universidad de Luxemburgo. Una clase de física acelerada que «hay que leer a la velocidad de la luz», bromea Puelles. El novelista consideró que lo natural era escribir en primera persona. Einstein nunca habría escrito A la velocidad de la luz, habría dejado al margen su intimidad —de la que aquí se dan pinceladas— centrado en las cuestiones cósmicas y en explicar los problemas y ecuaciones que había solucionado. «Para entender el mundo no puedes ocuparte todo el tiempo de ti mismo».

«Lo importante de un hombre era lo que pensaba y cómo pensaba y no lo que le sucedía», señala Muñoz Puelles en la piel de su retratado. Un libro pues, como notas autobiográficas y no geográficas (mero accidente). «Einstein había viajado mucho y se sentía a gusto en todas partes salvo, naturalmente, en la Alemania nazi». Le venía de marca. No solo su tendencia a cuestionar ideas establecidas. También su necesidad de hacer algo distinto a lo que le ordenaban. Rechazaba la autoridad, los valores tradicionales, prefería el inconformismo, era defensor del individualismo y de la igualdad social. «Un milagro es que los métodos de enseñanza anticuados no hayan estrangulado la sagrada curiosidad de la investigación», decía. «Para crear es necesario no ser desgraciado, pero también disponer de una atmósfera de libertad intelectual». Por eso, Muñoz Puelles explica su rechazo a la palabra Zwang, vocablo alemán que significa fuerza, presión, obligación. Una forma de coacción física, emocional, o intelectual.

Tres regalos de su infancia le marcaron. Una brújula, un violín (el más pequeño y agudo de su clase) y un manual de santa geometría. Por qué la brújula siempre apuntaba al norte le hizo entrever que había un orden secreto profundamente oculto; cómo le calmaba la mente tocar el instrumento de cuerda (ayudado por Mozart, claro) y la fascinación por el teorema de Pitágoras guiaron sus proezas, aunque una mente de su tamaño o igual por eso (Hamlet), pasó largo tiempo de técnico de tercera en la oficina de propiedad intelectual de patentes, el monasterio mundano, le llamaba. Nobel de Física en1921 por sus investigaciones del efecto fotoeléctrico, los cuantos de luz, lo heurístico, lo browniano  con experimentos realizados tan sólo con una cama, una canica y una piedra. Ese sol que nos llega en forma de luz. Qué difícil debió de ser hablar de átomos cuando otros no vislumbraban su existencia.  La página 84 de este libro da ejemplo de lo fácil que puede ser explicar lo complejo. La chica y la estufa. Según Muñoz Puelles, Einstein sólo se arrepintió de no haber estudiado más matemáticas.

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