Esa estúpida y maravillosa vida

Año que duro dos segundos, El_150x230Esta es una de esas novelas que dejan huella. Una lectura conmovedora y desasosegante a la vez, tocada por la gracia de impregnar los sentidos y que trasciende la ficción, con una lección de vida. Es además una obra que esconde tantas sorpresas que exige una buena dosis de prudencia a la hora de reseñarla, sobre todo en lo que toca al argumento. No obstante, aun siendo éste uno de los valores indiscutibles de la obra, no es lo más relevante de su calidad, tal es la enorme cantidad de aspectos que la convierten en una novela excepcional.
Empezando por la propuesta de partida y terminando por la astuta estructura narrativa que emplea Rachel Joyce para relatar esta historia. Antes que nada hay que aclarar que la acción sucede en 1972, en Iglaterra, cuando entonces no regía los cambios de horario de verano e invierno (fue en 1973 cuando se recuperó esa costumbre para adaptar el tiempo a luz solar). Así es sencillo comprender la obsesión del protagonista de esta novela por el adelanto de dos segundos que ese año se produciría en los relojes, para ajustar la hora solar a la hora atómica. Esos dos segundos se convierten en el elemento catalizador de todo el relato: un tiempo inexistente durante el que todo lo que sucede puede haber no sucedido.
Joyce juega con esa conjetura para jugar con lo fortuito como rasgo determinante del destino. Byron Hemmings viaja con su madre y su hermana en su flamante coche cuando cree ver en su reloj cómo se produce ese adelanto del tiempo. En ese preciso momento atropellan a una niña que circula en bicicleta, pero su madre se da a la fuga, causándole a introvertido Byron un cargo de conciencia que no aliviará hasta que la convence de que ha de asumir sus responsabilidades.
A partir de ese momento se desencadena una serie de acontecimientos que marcarán las vidas de todos los personajes de esta novela. Byron pertenece a una de esas familias de clase media acomodada que buscan en el campo una forma de autoafirmación de su elitismo. Rodeado de un perfeccionismo casi obsesivo, dirigido por un padre severo y conservador a quien apenas trata, el protagonista sólo encuentra cierto alivio en la amistad que le une con James, un compañero de colegio inteligente, perspicaz e intrigante, que estimula sus inquietudes y dirige su actos, sobre todo cuando tras asumir la verdad de lo ocurrido irrumpe en sus vidas la familia de la niña atropellada, provocando el definitivo desequilibrio de esa aparente estabilidad familiar en la que sobrevive el protagonista.
Joyce aprovecha esta colisión para realizar un exhaustivo escrutinio de los prejuicios sociales y familiares que existían en la Inglaterra de aquella época, expresando con crudeza y ninguna indulgencia tanto la sumisión de la mujer a la opresión machista, como el oportunismo mezquino de las clases bajas.
Aquí no hay alardes estilísticos ni florituras experimentales; sólo es una historia poderosísima muy bien contada, construida  con esmero y con los ingredientes precisos para estimular los sentimientos como sólo alguien que vive sus palabras puede lograr.
Su lectura es absorbente gracias al suspense con el que va envolviendo todo lo que sucede; nada sobra en el relato, si bien hay mucho material que obra como sustento de la trama, más que como ornato superficial.
Joyce es capaz de envolver con un lirismo a veces arrebatado los momentos más amargos de la narración, mostrando así esas dos caras contrapuestas de la realidad a la que se enfrentan sus personajes. La angustiosa opresión que sufren Byron y su madre se ve contrarrestada por el bucolismo de los paisajes que los rodean: la minuciosa descripción de los escenarios floridos, los olores que impregnan el ambiente, los colores que adquiere el cielo en los crepúsculos o el amanecer, expresan toda la carga simbólica del auténtico mensaje de esperanza que transmite la autora, quien maneja con una habilidad extraordinaria las situaciones para mantener en vilo la atención del lector, quien hasta la última página no conocerá el secreto que encierra este asombroso relato.

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