La locura humana

Desde siempre (y especialmente de escritores videntes y atormentados como Dostoiewski, mencionado varias veces en el texto de este escritor senegalés con carta francesa de ciudadanía— se ha interesado el escritor por la locura humana, ese enigma que traspasa fronteras, que sigue perdurando a lo largo de los siglos, que no se agota nunca, seguramente porque en la naturaleza humana habita la bondad pero también lleva implícito el mal, ese fogonazo de maldad que se ubica en el fondo de las galerías del ser humano, ese ser racional compuesto asimismo de radiaciones irracionales de lejana procedencia, de dudosa atribución, de incierto origen de no mediar una infancia penosa, una adolescencia compleja, una dudosa aceptación de misma identidad.
Leemos La avenida de los gigantes con avidez, interesándonos por los movimientos del personaje principal, un gigantón de dos metros veinte llamado Al Kenner que cuenta con un coeficiente —según declara, pues todo está narrado desde la perspectiva de la primera persona— superior a la del mismísimo Einstein, suyo cerebro fue analizado tras su muerte para cómputo de su arsenal de inteligencia, en qué se basaba, cuánto medía, cuánto pesaba.
La cabeza de Al Kenner se mueve por los bajos fondos de una madre alcoholizada, por las decapitaciones en la infancia de los gatos familiares, por los turbios senderos de la ausencia paterna, por rincones que le llevan a originar muertes gratuitas de unos abuelos que estaban allí, que se ponen por delante de su ser desnaturalizado, inquieto, turbio, de una disposición anómala, un ser sujeto a reacciones imprevistas, con lógicas y obvias consideraciones alejadas de la normalidad. Y le seguimos por los caminos inciertos de la rehabilitación en el psiquiátrico y en su aparente recuperación gracias al encuentro con un médico que parece penetrar en los extraños vericuetos de la mente humana de un menor de edad, cuestión esta que gravita sobre la mayor parte de una novela que, parece ser, no es una pura fantasía, sino trozo que se arranca de esa difícil sociedad que es la norteamericana.
Si en Tenemos que hablar de Kevin es la madre quien dirige cartas y descarga material de conciencia y penitencia, la que reparte culpa y eleva a súplica la palabra sagrada, en esta novela de estirpe psicológica la dirige y la narra el propio muchacho, ese que por una parte progresa en el camino de la superación y que por otra, astutamente, nos lleva, como narrador, hasta las negras sombras del mal. Si bien consigue la rehabilitación desde el punto de vista  médico, si bien parece que se erige en ser bendito e ingresa en el mismo cuerpo de policía que anteriormente le había perseguido, pronto nos conduce a otras veredas por donde no impera la armonía ni la felicidad, la justicia ni el bien.
Astuta forma de construir un relato que se pasa por los años gloriosos de la contracultura en Estados Unidos,  por los azarosos senderos del crimen de un escritor al que visitábamos por vez primera, interesado en plasmar desde el origen hasta su final los pasos de un ser inteligente, lleno de emociones que nos sorprenden, de sensaciones extrañas, de pensamientos que nos embargan el ánimo. La naturaleza del criminal desplegada con habilidad y franqueza. La complejidad del ser humano en su más dilatada dimensión.

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