Pablo Ramos. La huida imposible

»El error como gen primigenio de mi existencia». Esa es la certeza que demuestra al protagonista de esta novela que es cautivo de su propia historia, que por mucho que intente huir de lo que fue, jamás podrá dejar de serlo. Y basta que suceda lo inevitable, la muerte, para que toda el decorado que se ha construido durante años se venga abajo, y vuelva a aparecer esa naturaleza esencial que todos arrastramos con más o menos entusiasmo.
Pablo Ramos ha escrito una novela cruda e impactante, en la que expresa la futilidad de la existencia, con un personaje rotundo sobre el que carga todo el peso de esa frustrante sensación que se produce cuando las elipsis de la vida exigen su impuesto revolucionario.
Cuando Gabriel cree que ha superado sus años salvajes, y todo parece encauzarse en un torrente de rutinas, su vida da un vuelco tras la muerte de su padre. En ese momento, el pasado vuelve a galope tendido arrasando cuanto encuentra a su paso. Debe volver al barrio donde se crió, encontrarse con esas personas que ya casi era espectros del ayer, y enfrentarse al designio que su padre le reservaba: «Vos escribirás la historia de la familia».
A partir de ahí el relato se bifurca entre el presente, esos tres días de duelo durante los cuales el protagonista ha de lidiar con ese reencuentro, y la narración distante pero sentida de la peripecia de una familia de origen siciliano que se ha de abrir camino en la convulsa Argentina de mediados del siglo XX. El tono desabrido y mordaz que emplea en el relato del velatorio contrasta con el más contenido y evocador del de sus recuerdos, expresando así una íntima entropía de sensaciones que proporciona a la novela una originalidad extraordinaria.
Poco a poco, pasado y presente se van fusionando en una amalgama de experiencias que rellenan los vacíos de la personalidad del protagonista. Sin embargo, es fácil mantener el hilo argumental porque en realidad, Ramos habla de la misma cosa, de sí mismo. La escritura como una vía de escape del tormento de la sumisión a los instintos. Una escritura que emana de unas entrañas estragadas.
El escritor argentino escruta las debilidades humanas entablando un diálogo crudo y visceral con las adicciones. Alcohol, drogas, sexo, son los instrumentos que requiere el ritual de la autodestrucción; los que permiten impulsar al ser hacia una huida de sí mismo en busca de algún lugar en el que se reconozca. Ramos expresa con claridad y sin ambages ese camino infernal, de violencia y desasosiego, a través de la indiferencia que se dibuja en los rostros de quienes le ofrecen su ayuda, ya sea en su familia como en las clínicas a las que debe acudir el protagonista para combatir sus adicciones.
No es por tanto La ley de la ferocidad una novela amable ni mucho menos. Al contrario, su relato es exigente al poner a prueba la fortaleza del lector para soportar tal avalancha de literatura descarnada. Ramos vapulea a los convencionalismos, adentrándose en el territorio de la angustia vital sin más armas que sus palabras. Y ofrece así un relato impactante que le desvela como el gran escritor que es.
Esta novela ha obtenido numerosos elogios en Argentina y viene a confirmar el genio literario que ya mostraba en su anterior obra, El origen de la tristeza (también publicada por Malpaso el año pasado). Ramos es un escritor poco convencional, que sabe manejar los tiempos y las palabras y extrae de su experiencia todo la sustancia que precisa una buena narración.
En esta novela se le percibe abocado a un torbellino creativo que fluye con una libertad asombrosa. No se anda por las ramas a la hora de describir las situaciones más escabrosas, ni en los momentos más íntimos. Sus palabras son como auténticos puñetazos dispuestos a noquear al lector más avezado. Nada es impostado en este relato; cualquiera puede ver reflejadas en las situaciones que narra algo de sí mismo, aunque sea apenas un jirón de su vida, porque lo que Ramos nos presenta en esta novela es al ser humano en toda su dimensión. Una empresa arriesgada de la que sale airoso, y que proporciona esa dosis de adrenalina que a todos nos sirve para afrontar nuestras miserias.

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