Prieto. Mirando atrás… con ironía

Antonio Prieto (Águilas, 1929) abre 2015 con la publicación de una nueva novela suya, titulada Desprendido ayer, que publica Devenir, la meritoria y abnegada editorial del murciano Juan Pastor. Tras una dilatada trayectoria como novelista, permanece Antonio Prieto en activo y sigue escribiendo narraciones que se corresponden con la categoría conseguida y establecida por sus novelas anteriores, imprescindibles en la historia de la literatura española del siglo XX y del siglo XXI.
Pero Desprendido ayer es una novela distinta, porque tiene mucho de memoria de su vida académica y universitaria. Prieto fue catedrático de Literatura Española de la Complutense hasta su jubilación, y está considerado un gran historiador de la literatura y crítico literario y un italianista de vocación, pero sobre todo es un gran bibliófilo y degustador de la literatura más distinguida de  la tradición occidental. Como profesor durante largos años en la Universidad madrileña vivió experiencias muy diversas y hasta llegó un momento en que hubo de opositar, como tantos otros, a cátedras, en un tiempo en que los concursos para adjudicarlas no eran nada fáciles y en una época en que los intereses de antagónicos y poderosos grupos de influencias desvirtuaban la objetividad de aquellos concursos, que sin embargo eran competitivos y consiguieron que grandes especialistas llegaran a catedráticos de Universidad, aunque otros muchos se quedaron en el camino. También le correspondió, como a tantos, ser juez de tribunales de oposiciones.
Naturalmente, la novela Desprendido ayer  ni es un ajuste de cuentas ni es una reivindicación de aquel mundo decadente y complejo. Antes al contrario es un divertido y ameno encuentro con la literatura a través de unos ejercicios de oposiciones a los que acuden unos personajes de ficción, que pueden ser trasuntos de personas conocidas en el mundo universitario de aquellos años cincuenta o sesenta. Cinco jueces forman parte de un tribunal que ha de juzgar una plaza, cuatro catedráticos y una catedrática de diferentes edades. El presidente, el de más edad y desde luego el de más antigüedad, es un sabio especialista que ha vivido una larga vida universitaria. Los vocales son tres estudiosos que representan otras tantas edades y la joven, discípula del presidente, que por sorteo le ha correspondido coincidir con todos ellos, supone un agradable contrapunto a pesar de su condición de erudita dedicada en cuerpo y alma a la docencia y a la investigación.
Prieto aprovecha la recuperación de este mundo para insertar multitud de historias literarias de las que él sabe tanto, sorpresas, ocurrencias y anécdotas varias que la historia literaria y la vida universitaria han legado y transmitido, protagonizadas por tantos escritores españoles y europeos, desde Galdós a Balzac hasta universitarios reconocibles. En algún momento aparecen nombres reales (Manuel Alvar, Carlos García Gual, Luis Gil, Antonio Ruiz de Elvira), e incluso llega Prieto a citar los títulos de algunas de sus últimas novelas, pero lo ameno del encuentro aleatorio de un tribunal por sorteo se mezcla con datos realistas, como puede serlo el lugar donde la oposición se desarrolla, Facultad de Filología de la Complutense, salón de grados y saleta contigua en la que hay un piano que nadie toca ni ha sido utilizado en años… Datos realistas como la estructura de los ejercicios de las oposiciones, la presencia del opositor que obtiene la plaza y de la opositora que se retira, y literatura, mucha literatura en su historia, en su desarrollo, en su mundo muy vivo y sorprendente, simpático acercamiento al mundo universitario, que, a pesar de sus intrigas evidentes, queda dulcificado en la serena contemplación del profesor y novelista que se deleita en este Desprendido ayer.
Encuentro de vidas diversas, peregrinas y accidentadas, reencuentro de colegas que conduce a un final esperado, el mismo de la oposición, que gana, como solía ocurrir, el candidato previsto,  y que confirma, a pesar de todo, que aquel mundo era un tanto ramplón y prosaico. Menos mal que Prieto, al final de la novela lo arregla, con su inagotable imaginación y sentido del humor, ironía y hasta sarcasmo.
Porque lo mejor de la novela es, desde luego, el capítulo final protagonizado por una sorprendente vecina del presidente del tribunal, llamada doña Ambrosia, que hará las delicias del lector y servirá para cerrar la novela con un  toque de ficción, en forma de inteligente fusión mítica podríamos decir desenfadadamente, para que el relato concluya como debe ser, con ingenio, con imaginación, con una feliz y desbordante  superación de la realidad de la mano de una anciana de más de noventa años… Feliz solución para cerrar un tiempo, como dice el reclamo editorial, anacrónicamente resucitado.

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