Los márgenes

Fue un gran invento, este de los márgenes de los libros. Sirve para que nos creamos a la altura del autor, escribiendo nuestras ocurrencias allí. El primer castellano escrito lo fue en un margen. El Maestro de Doctrina aclaraba pormenores en romance y euskera para los novicios poco duchos en el latín de las Escrituras. O sea, los márgenes son la cuna del idioma escrito. Nada menos. Yo uso los márgenes para comentar poesía, sobre todo. Lo hice el año pasado para explicar el 27 a los jubilados adscritos a los ámbitos universitarios de reciclaje. Una vez comencé a hacerlo con la Obra Completa de Borges. Recuerdo por qué lo dejé pero no lo cuento aquí. Privacidad. Ahora estoy con la Antología de La Galla Ciencia, de los hispanoamericanos. Es una manera de pasarlo bien. Luego, si escribo algo no será compilación de lo ‘margineado’, sino de la impresión global de la lectura. Es un ocupar las manos, mientras se lee. Es mucho. Los márgenes facilitan la lectura. Hay una ley de márgenes, creada por Manuzio, que da unas medidas proporcionales entre tipografía, interlineado y márgenes. Editor que no los sigue, mentecato es.

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