Vida esta santa

En toda la historia de la cristiandad (léase de la comunidad creyente o la iglesia militante) no hay santo varón o santa fémina que pueda hacerle sombra a Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como Santa Teresa de Jesús. La monja inquieta y andariega, autora de ocho libros y medio millar de cartas, cumplirá 500 años de su nacimiento el próximo 28 de marzo. Para celebrarlo, las editoriales españolas han lanzado las campanas al vuelo y han empezado a publicar libros relacionados con su vida. Los primeros títulos en llegar a las librerías han sido Malas palabras (Lumen) de Cristina Morales, El libro de la vida (Lumen) de Teresa de Jesús, y Para vos nací (Ariel) de Espido Freire. También muy pronto llegará a la mesa de novedades el último Premio Azorín de Novela, Sus ojos en mí (Planeta) de Fernando Delgado, donde el autor tinerfeño narra el amor apasionado entre Teresa de Jesús y el padre Jerónimo Gracián.

Teresa de Jesús nació en Ávila en 1515 en una periodo importante de la historia occidental: la época del gran imperio español del Siglo de Oro, en Europa y América, y la época de las grandes divisiones en la Iglesia entre católicos y protestantes. Hasta qué punto influyó esto en su vida, en su visión de la Iglesia y el mundo, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que a los siete años, enfebrecida por la lectura de los libros de vidas de santos, trató de huir con su hermano Rodrigo a ‘tierras de infieles’ en busca de martirio, como el de San Ignacio de Antioquía, condenado a ser devorado por los leones en el Coliseo, o el de Santa Catalina de Alejandría, condenada a muerte en una rueda hasta destrozar su cuerpo.

Fue en uno de los incontables juegos infantiles que Teresa de Jesús conoció su verdadera vocación: «En una huerta que había en casa, procurábamos como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas piedrecitas, que luego se nos caían, y así no hallábamos remedio en nada para nuestro deseo… Hacía [yo] limosna como podía, y podía poco. Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario… Gustaba [yo] mucho cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios como que éramos monjas».

En 1531, a los 16 años, Teresa de Jesús ingresó como pupila en el convento de monjas agustinas de Santa María de Gracia, pero a los pocos meses tuvo que abandonarlo a causa de una enfermedad. En 1535 entró en el convento de Santa María de la Encarnación donde vivió 27 años practicando el método de oración llamado ‘recogimiento’, expuesto por el sacerdote franciscano español Francisco de Osuna en su Tercer abecedario espiritual. En 1562 la religiosa fundó el primer convento reformado, el de San José de Ávila, con arreglo a una nueva regla, llamada del Carmelo Descalzo, que provocó que los carmelitas no reformados la denunciaran a la Inquisición por «enseñar cosas de alumbrados», pero, sobre todo, por escribir El libro de la vida.

Ni que decir tiene que lo que los carmelitas no le perdonaron a Teresa de Jesús no era tanto su carácter activo («tenía un ánimo más que de mujer, fuerte y varonil, con que alcanzaba lo que quería, y hacía estar a raya las pasiones naturales», según su primer biógrafo el padre Francisco de Ribera), como sus ansias de trascender en el camino de seguir las huellas de Cristo. También la vehemencia con que lo quería todo: «Dios mío, yo lo elijo todo, no quiero ser santa a medias, no me asusta sufrir por ti, sólo me asusta una cosa: conservar mi voluntad. Tómala, ¡porque elijo todo lo que tú quieres!».

El gran trabajo de reforma de Teresa de Jesús empezó por ella misma. Ella no podía predicar, pero sí podía decir lo que pensaba a través de los libros y las cartas que escribió: El libro de la vida, El libro de las fundaciones (fundó en total 17 conventos: Ávila, Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas de Segura, Sevilla, Caravaca de la Cruz, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada y Burgos), Camino de perfección, Castillo interior y las Constituciones, en el que establece las reglas de la orden reformada: vida de oración en la celda, ayuno y abstinencia de carne, renuncia a rentas y propiedades, y práctica del silencio. Esta última regla es la que más le costó a Teresa de Jesús. No obstante, si cometió algún pecado, fue éste: «He cometido el peor de los pecados, quise ser feliz».

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