Ignorancia y descuido

Siempre he sabido que no me entero de nada, pero hasta hace unos días creía que estaba más o menos al tanto de las cosas que me importan. Y resulta que tampoco es así. Ricardo Senabre murió a principios del pasado mes de febrero y yo lo descubrí a principios de esta semana —es otra prueba más de que estoy distraído, por decirlo con suavidad—. Senabre ha sido mi crítico literario preferido desde que le descubrí en las páginas del Abc. Sus reseñas podían ser demoledoras, casi siempre cerradas con aquellas correcciones gramaticales tan humillantes para los escritores que las sufrían; pese a ello, más allá del lado vitriólico de su trabajo, la labor de Senabre era ejemplar e iluminadora. La suya destacaba como una voz respetable y justa, algo no muy común entre nosotros. Sé que los críticos, y poco importa sobre qué escriban, solo tienen fans entre un escaso grupo de chalados, porque ni tan siquiera existen para los demás mortales. Tampoco me parece mal que sea así, la verdad. En otro orden de cosas, la semana pasada compré una novela de Doris Lessing, De nuevo, el amor (Debolsillo, 2007), algo que nunca creía posible —incluso tengo la seria intención de leerla—. Quizá fue aún más extraño que comprara un ejemplar de Estampas bostonianas y otros viajes (Península, 2002), sí, nada menos que un libro de Rosa Montero. Lo dicho, estoy distraído.

Be Sociable, Share!

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *