Churrete fantástico

No hay mejor método para que un niño lea que procurar que lo pase bien leyendo. Y para eso es preciso acercarse a la naturaleza infantil pensando como un niño. El escritor aguileño Juan Soto Ivars lo ha conseguido con este cuento tan original como transgresor, en el que envuelve de fantasía algo tan real y cotidiano como la natural reticencia de los niños a aceptar las obligaciones higiénicas.

Despojado de moralina, lo que Soto Ivars pretende es ponerse en el lugar del niño y transmitir sus complejidades, sin que por ello intente impartir lección alguna: ‘solo divertir’.

¡Prohibida la ducha! narra la peripecia de un variopinto grupo de amigos que un buen día son teletransportados al país de Péctor, un lugar en el que las normas de higiene brillan por su ausencia. En ese lugar fantástico vivirán un montón de aventuras que cambiarán para siempre la forma de entender la vida a sus protagonistas.

El relato cuenta con todos los ingredientes necesarios para ofrecer una lectura apasionante y entretenida. El autor crea un mundo fantástico por el que deambulan robots serviciales, reyes malvados, un ninja justiciero que cabalga a lomos de un dragón de trapo, un sapo parlante con problemas gástricos, y una variada gama de personajes muy bien definidos que contribuyen a mantener un ritmo narrativo vertiginoso, cargado de ingeniosas referencias con nuestro universo cotidiano, y con una nomenclatura que revela la fértil imaginación de un escritor que se ha atrevido a lidiar con un público extremadamente difícil y, desde luego que consigue salir airoso.

Soto Ivars emplea un lenguaje sencillo pero nada convencional en este tipo de productos. «Quiero que los niños se reconozcan con lo que leen, y dejen de ser sujetos pasivos que aceptan la idea que el autor quiere imponerlesa través de sus libros».

Esa intención dota a esta obra de un poder liberador que vulnera los convencionalismos de la literatura infantil. El lector encontrará ni más ni menos que una historia fantástica y apasionante, carente de intenciones alecionadoras con la que pasar un buen rato.

Y para disfrutarla es preciso despojarse de prejuicios, pues el auténtico mensaje es el valor de la buena literatura adaptada al conocimiento de una mente infantil.

No le preocupa por tanto al autor que la literatura infantil pase casi siempre por el filtro de los padres, pues al igual que esos grandes clásicos de aventuras que devorábamos cuando éramos niños, esta pequeña y peculiar novela está escrita con el mismo ánimo de procurar el sencillo placer de leer, sin más pretensiones.

A ello contribuye además las magníficas ilustraciones de María Serrano, tan expresivas como reveladoras. Y es curioso comprobar cómo escritor e ilustradora han conseguido esa rara coordinación para elegir las imágenes precisas que aporten la claridad necesaria al relato. Las ilustraciones son las precisas, reflejan lo esencial y están colocadas en el lugar exacto.

Todo ello convierte a este relato en una lectura tan asombrosa con la que pueden disfrutar no sólo los niños.

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