Crímenes de erudita finura

Novela

Si por algo hay que agradecer la existencia de la editorial Impedimenta es haber bendecido a la oferta literaria española con un magnífico elenco de autores británicos que, hasta entonces, eran unos perfectos desconocidos a pesar de haber escrito algunas de las obras más fascinantes que he leído jamás. De entre todos ellos destaca por su peculiaridad Edmund Crispin, del cual ya se han publicado en nuestro país cuatro de sus nueve novelas, todas ellas protagonizadas por el excéntrico profesor y detective aficionado, Gervase Fen.

La última en llegar ha sido, sin embargo, la primera de la serie, aunque podría ocupar cualquier lugar en la misma, dado que El misterio de la mosca dorada carece de ese sesgo seminal que identifica a las primeras obras de las sagas detectivescas.

Es difícil saber si el autor pretendía llegar a escribir esas nueve novelas cuando siendo aún estudiante en Oxford comenzó esta. Al fin y al cabo no dejaba de ser un divertimento que le permitía evadirse de la rutina académica, aunque tal y como revela José C. Vales, traductor de esta obra, en el magnífico postfacio que incluye la edición española, Crispin era un fervoroso aficionado al género detectivesco aunque sufría la mala conciencia de dedicar su tiempo y su ingenio a la frívola labor de emular a sus admirados autores. Gracías a esos prejuicios sus novelas gozan de una originalidad asombrosa que las distingue entre todas las que nutren la inabarcable y variopinta producción literaria del género policiaco realizada durante los siglos XIX y XX.

Merece la pena leer con atención el trabajo de Vales para entender la esencia de la obra literaria de Bruce Montgomery, el hombre que se oculta tras el seudónimo que eligió para firmar sus novelas y relatos. En él proporciona las claves para entender los motivos que llevaron al autor a dotar a sus novelas de esa exquisita erudición, convirtiéndolas en unas lecturas tan asombrosas como apasionantes y divertidas.
Las novelas de Crispin rezuman esa exquisitez propia de una personalidad culta y, a la vez, juguetona. Plagadas de referencias literarias, algunas de las cuales se convierten en elementos esenciales de la trama, y con unos personajes rotundos que destilan esa ironía que distingue el carácter británico, las tramas que propone Crispin constituyen un auténtico desafío para el lector, quien de inmediato se vé inmerso en un juego de enigmas en el que no hay nada supeditado al azar.

En El misterio de la mosca dorada, el autor británico se sumerge en el mundo del teatro para narrar la investigación que lleva a cabo su inefable protagonista sobre el misterioso crimen de una de las actrices que interviene en la obra que dirige un prestigioso dramaturgo en Oxford.

Más allá de la lograda trama detectivesca, lo que consigue el autor es crear una atmósfera opresiva que alimenta un suspense que va en aumento conforme avanza la narración. Deudora de la estructura clásica desarrollada por otros genios del género como Agatha Christie o Simenon, en la que el juego de sospechas se erige como motor de la intriga, lo que distingue las novelas de Crispin es la ironía que introduce a través de la personalidad de su personaje principal, la magnífica definición de los ambientes y, sobre todo, el toque de erudición que impregna el relato, todo lo cual las dota de una originalidad asombrosa.

Con todo, El misterio de la mosca dorada es una de esas novelas para disfrutar del placer de la lectura y, de paso, conocer algunos de los secretos mejor guardados de la cultura universal.

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