Elogio de la locura

portada-hombres-buenos_grandeVista con perspectiva, hay picos históricos en la tradición de recreaciones literarias del siglo XVIII asimilables a crisis vividas como cambios de época. La novela histórica, sobre todo, visita así el siglo ilustrado como semillero de las revoluciones modernas, la soberanista (Estados Unidos) y la social (Francia). Pero la motivación de las obras ambientadas en esa centuria ha sido casi siempre negativa. Tomado el siglo como calicata del pensamiento político o aislado en un vacío de laboratorio para hablar a través de él de la política al día, las mejores obras de este ciclo, desde Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki, hasta el Marat-Sade, de Peter Weiss, pasando por el Barry Lyndon, de Thackeray, luego adaptada por Kubrick, o El siglo de las luces, de Carpentier, prefieren destacar las sombras de las Luces, los monstruos del sueño de la razón, la revolución como Saturno devorando a sus hijos. El atraso que a veces supone el futuro.

Parecen, así, preludiar o secundar la Dialéctica de la Ilustración, de Horkheimer y Adorno, el ensayo escrito por los filósofos alemanes desde el corazón de la II Guerra Mundial –Frankfurt, 1944–, que sirvió de clave del tono apocalíptico con que pasaba a mirarse la modernidad ilustrada, como un silogismo que acabó por concluir en Auschwitz, el Gulag o el capitalismo extremo: la sacralización de la razón, la arrogancia del progreso, la tecnificación de la barbarie. A pesar de ello, de la Enciclopedia no se deducía la guillotina, sino de la invocación de sus fantasmas.

Por todo, algo debe significar que en las letras españolas más recientes haya un repunte de la temática dieciochesca, un retrato ahora favorecedor si no de los logros sí del espíritu de una de las grandes oportunidades históricas perdidas. Entre las últimas novelas, Victus, de Sánchez Piñol; La fuga del maestro Tartini, de Ernesto Pérez Zúñiga; Nuestros hijos volarán con el siglo, de Juan Pedro Aparicio; o La peluca de Franklin, de María José Codes. Además de la presente. Y no debe escatimarse a la de Pérez-Reverte el ingreso en el índice de nuestras mejores novelas históricas sobre el siglo XVIII; por supuesto, entre las que se elevan del pastiche histórico o el novelón.

Hombres buenos no es solo un relato de la llegada de la Enciclopedia a la RAE, abriéndose paso en las tinieblas de aquella España, un relato por cierto apócrifo, con guiños al anacronismo, la falsa erudición y la ficción autobiográfica. Es la novela más autoconsciente del autor, que, materializado en narrador-personaje, se abre a la metaficción y demás artificios de apariencia muy posmoderna pero de sustancia cervantina (ese tomo de la Enciclopedia arrojado a un río que reaparece en flagrante gazapo, como el rucio de Sancho Panza). Al igual que en el Quijote, aquí se descubre al autor como personaje. Enseñar la carpintería de la novela no es un vacío gesto cervantino, sino un aviso contra la verdad histórica y el rigor racionalista en épocas de cambio: contra el cartesianismo político jacobino. La pareja de académicos comisionados en Francia, hechos sobre la planta de don Quijote y Sancho, son el pretexto para un diálogo entre razón y fe, entre utopía y experiencia, que se resuelve en un elogio de la locura, donde la verdad solo puede ser literaria.

Por eso, no es solo su oportunidad para un lector español actual: al final y ante todo hay explicarse el origen de esta novela, que quizá resida en el puro asombro. Algo he fatigado los tomos en folio de la Encyclopédie en la edición facsimilar de 1977 del editor milanés Franco M. Ricci depositada en los fondos del Instituto Feijoo de la Universidad de Oviedo. Una vez que el lector se sobrepone a la admiración más estupefacta, es incapaz de imaginar el tamaño de la empresa en su tiempo, a la medida no tanto de la bonhomía o de un optimismo antropológico como de la mismísima locura.

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