Los juegos del ángel

14168534229750Mientras escucho la voz del malogrado Kazim Koyuncu, cuyo dolor por su muerte prematura compartí con sus muchos seguidores, desde las orillas del Mar Negro, donde nació, a través de toda Turquía, abro algunas ediciones de los poemas de Nâzim Hikmet (Estambul, 1902-Moscú, 1963); y en un ejemplar de Duro oficio el exilio (Los Libros de la Frontera, 1976) me detengo en un poema, Elegía a Seytan, que conecta con el título original de la novela de Nedim Gürsel: Seytan, Melek ve Komünist (literalmente, Satán, Ángel y Comunista).

El ángel rojo (Alianza Literaria. Madrid, 2014) es el título castellano de la quinta obra novelística de Gürsel, publicada por dicha editorial. «Sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de Nedim Gürsel», adelantaba Le Figaro, nada más aparecer la novela en Francia, y a cuya crítica yo apostrofo, sin duda alguna, que El ángel rojo es la mejor novela de Gürsel que he leído. Y me explico: el atrayente tema de la novela se aleja, convenientemente, de un seguimiento histórico; cosa que, en los anteriores libros, el autor turco no sólo evita, sino a la que recurre, más o menos metódico.

Los turbantes de Venecia, La novela del Conquistador, De ciudad en ciudad y La hija de Alá, novelas anteriores de Gürsel, han recibido premios y honores de autoría; entre otros premios cuenta con el de la Academia de la Lengua Turca, el de la Libertad del Pen Club y la Legión de Honor francesa. El ángel rojo ha sido galardonado con el prestigioso Premio Méditarranée 2013.

Hablábamos antes de un poema de Nâzim Hikmet dedicado a su perro, no a Satán, el ángel caído. Y es que el gran Hikmet, en su preciosa elegía a su fiel can, tenía necesidad de decir de sí mismo: «Él era como el hombre…/ Él inclinaba la cerviz espesa/ ante la amistad./ Su libertad estaba en sus colmillos, en sus patas./ Su cortesía/ en su cola peluda…// Él me hablaba de temas muy profundos./ Del hombre, del amor, la sociedad./ Pero jamás sintió/ nostalgia de la tierra, de la patria./ Ése es asunto mío…».

El ángel rojo comienza con una dedicatoria que hace reflexionar: «A Nâzim Hikmet, augur de los ‘días felices’ que jamás llegaron»; también aclara su autor que, excepto el poeta y los personajes fácilmente localizados como históricos, todo lo demás es ficción. Un misterioso personaje, que se hace llamar a sí mismo el Ángel, cita en Berlín a un escritor para entregarle lo que parecen ser importantes documentos relacionados con Nâzim Hikmet… «Un relato de ambiguas certezas en el que nadie ni nada es lo que parece ser», se indica en la contraportada. Estambul, Berlín y Moscú se despliegan ante el lector en un juego de espejos humanos y de situación, reflejados en otros espejos, acaso más difusos, del tiempo hacia el pasado, el presente y el futuro.

Personalmente, El ángel rojo es una novela que me fascina y que me hubiera gustado poder escribir. Como el inquietante personaje autonombrado El Ángel, un comunista turco que compartió cárcel y tortura con Hikmet y del que se enamoró, yo me interno en el drama de aquel muchacho —«gigante de ojos azules»— de 19 años, cuando emprende el camino de su primer exilio, y me sumo a su destino (56 años de condena, de los que pasó 16 de cárcel y otros 15 en el exilio: la mitad de su vida). Murió de una crisis cardiaca: de pie, como siempre había vivido. Atatürk, que sentía gran admiración por él, bien pudo ahorrarle al poeta el calvario que le esperaba, pero murió en 1938; el nuevo conductor político de Turkía, Ismet Inönü, menos inteligente y sectario, juzgó a Nâzim Hikmet por un tribunal militar condenándolo a veintiocho años de prisión. Trece años después (tiempo que el poeta pasó encarcelado en un viejo acorazado anclado en mitad del Bósforo), uno de los jueces declaró públicamente que el poeta había sido condenado ilegalmente, ya que se le aplicó una ley inexistente en aquella época…

Cuando, años después, el PCT (Partido Comunista Turco) pudo celebrar sus asambleas dentro del país y en todo el planeta, Nâzim Hikmet ya había dejado de existir. Y en el mundo, en continuo cambio, el comunismo, dejando la Tierra, había partido a la conquista del espacio.

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