Emma Reyes, El triunfo del carácter

Emma Reyes debió ser una mujer con suerte. No todos los que sufrieron en su infancia lo que ella padeció pueden congratularse de haber gozado de una existencia tan plena e interesante como la que tuvo después. La realidad de esta artista colombiana sigue siendo un enigma hoy en día, a pesar de los esfuerzos que han empleado muchos investigadores en descubrir sus orígenes y su trayectoria vital antes de embarcar en Buenos Aires rumbo a Francia para luego instalarse en París, e iniciar una carrera artística que la convirtió en una de las mujeres más apreciadas entre la intelectualidad europea de la segunda mitad del siglo XX. Así lo atestigua el periodista Diego Garzón en el reportaje que publicó en la revista SoHo en 2013, y que se incluye a modo de epílogo en estas Memorias por correspondencia que por fin ven la luz en nuestro país, después de haber cosechado innumerables elogios y haber sido elegido libro del año en Colombia, en 2012.

Precisamente, esta colección de cartas que Emma Reyes remitió a su amigo y reputado historiador Germán Arciniegas, entre 1969 y 1997, vienen a alimentar aún más el misterio que rodea a su autora. Pues en estas 23 misivas, que permanecieron inéditas hasta después de su muerte en el año 2003, narra su infancia con todo lujo de detalles constituyendo no sólo un ejercicio de exorcización de la memoria sino también un auténtico análisis de la crueldad humana.

La periodista argentina Leila Guerriero expresa con su habitual perspicacia en el prólogo de esta edición la esencia de un relato que Emma Reyes “escribe libre de toda pena por sí misma, de toda actitud condenatoria, de cualquier forma de autocompasión”. Y es ahí donde radica lo escalofriante de este testimonio, en esa actitud desapasionada pero cercana a su experiencia que la autora emplea para describir las atrocidades que hubo de padecer durante un infancia anónima, cautiva y desprovista de esos sentimientos que precisa el alma humana para entender la vida.

De padres desconocidos, aunque algunos investigadores sospechan que pudo ser hija de quien fuera presidente de Colombia, Rafael Reyes, la autora sitúa el inicio de sus recuerdos en el lóbrego cuartucho de una chabola de Bogotá. Allí, bajo la atenta vigilancia de la señorita María, una mujer severa y amargada, vivía con su hermana Helena y otro niño a quien llamaban el Piojo. Tras la visita de un misterioso y elegante individuo, a quien identifica como el gobernador de Boyacá, las dos niñas y su carcelera emprenden un viaje que las llevará a dos pueblos en los que la señorita María se ha de hacer cargo de los despachos de chocolate. En el último de ellos son abandonadas, y las dos hermanas terminan en un convento donde pasarán varios años, hasta que un día Emma decide escaparse para iniciar una nueva vida en libertad.

A partir de ese momento, todo es confusión en torno a la autora. Se supo mucho después que estuvo casada con el artista uruguayo Guillermo Botero, y que tras divorciarse de él viajó a Buenos Aires donde obtuvo una beca de estudios que la llevó a París, donde su figura humana y artística comenzó a adquirir una dimensión considerable hasta convertirla en una de las personalidades más representativas de la cultura colombiana.

El relato que contiene este libro describe el triunfo del carácter, pues tal y como destaca Guerriero, Emma Reyes irrumpió en la vida cargada de curiosidad, la cual seguramente fue la que le permitió desarrollar ese espíritu de superación que la llevó a ser lo que terminó siendo. Pero no espere el lector encontrar en estas cartas esas claves que desvelan el misterio, sino la sencilla y estremecedora descripción de una realidad difícilmente tolerable.

Por eso lo mejor es relegar a un rincón el significado de los hechos para concentrarse en su esencia, en su rotunda trascendencia, para así comprender la extraordinaria naturaleza de la persona que los relata. En su testimonio, distanciado, casi pueril, como si narrara una angustiosa pesadilla de la que afortunadamente logró despertar y la recuerda con alivio e incluso ironía, Reyes describe no sólo el lado más oscuro de la naturaleza humana, sino también su reflejo sobre una sociedad que lo acepta como normal, logrando un relato absorbente y estremecedor.

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