Muertos

Los libros muertos no son los libros dormidos. Éstos últimos pueden haber sido durmientes toda su vida. Muchos tenemos libros durmientes, ay. Los libros muertos son los libros descatalogados. Los que las editoriales eliminan de sus catálogos de servicio a las librerías. Pero siempre salen libros zombies, de esos ya descatalogados, que sus dueños venden por Internet o que los libreros de viejo resucitan a la vida, tras rescatarlos de alguna almoneda de bibliotecas en saldo. Algunos libros de estos zombies rechinan con dedicatorias a su extinto dueño, y hurgan impropios en las sensibilidades de quienes conocieron al finado. Es imposible purgar las bibliotecas heredadas de estas dedicatorias que, pretendiendo celebrar un tiempo común, se filtran calendas futuras para las que no estaban llamadas. La naturaleza debería tener un poder sobre esas dedicatorias y borrarlas, como el reloj del abuelito aquel, que dejó de andar su redondo camino a la par que su dueño. Pero no, los libros muertos acaban en el reciclaje, donde pierden la tinta de sus letras, y tornan a la nada blanca que un día fueron. RIP.

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