El Campo Rojo de la infancia

00804LIBMUAfirmaba la semana pasada la escritora Samanta Schweblin: «Escribir es entrar en el miedo y salir ileso», y así esperamos que el escritor Ángel Gracia (Zaragoza, 1970) haya escapado de la escritura de su Campo Rojo (Candaya, 2015). Porque estamos ante una gran novela, pero amarga y sobrecogedora, que trata de manera inclemente el acoso en las aulas, y, sobre todo, frente a la novela de alguien que cree en la literatura.

Ya desde sus primeras páginas, uno se da cuenta de que Campo Rojo es un libro generacional —muchos reconocerán en él las aulas de los años 80— que, no obstante, busca desmitificar la infancia como ese paraíso del que fuimos arrojados con el paso a la juventud y a la madurez. Y es que, en esencia, Campo Rojo es una novela sobre el miedo: el miedo al acoso escolar, a la violencia de grupo que, en el colegio, la banda de los fuertes, de los matones, ejerce contra el Gafarras y el resto la comunidad de los débiles o los retraídos, y cómo este miedo puede contaminar e invertir las relaciones de poder; también, sobre el miedo a la humillación, a los insultos, al sufrimiento que comporta mantenerse continuamente alerta para evitar los golpes o el ridículo —dice el Gafarras en diferentes ocasiones: «Estás contento: has recibido cero golpes», o: «Nadie se atreve a decirlo en voz alta, y tú menos, claro, no quieres llevarte de regalo una paliza a casa».

Además, esta cosmogonía de la violencia se encuentra inscrita magistralmente en una atmósfera general triste y hostil, que es la de la periferia. La novela transcurre en las afueras de una ciudad de provincias —que se adivina Zaragoza, pero que podría ser cualquiera— plagada de descampados, plazas encharcadas y fábricas de humo denso. El Campo Rojo es aquí una metáfora del espacio abatido, amenazante, que se describe como «lleno de ratas, escombros y cadáveres de electrodomésticos» y cubierto de tierra roja y restos de tejas que semejan Marte.

Pero, finalmente, lo que en realidad sobresale en el libro es su calidad literaria. Pues este ambiente de degradación se forma a partir de un lenguaje minucioso que es el gran hallazgo de la novela: un lenguaje creador, que abunda en violencia, pero también en términos recuperados del pasado y recuerdos de una infancia de clases de mecanografía y programas de televisión como El hombre y la tierra o Galáctica, junto a un punto de vista muy pertinente —el de un narrador autodiegético en segunda persona del singular: el ‘Tú’ incisivo del Gafarras, que se dice palabras que duelen— y a un tono irónico y desalmado a la vez que hacen al lector partícipe inmediato de un paisaje, el de este Campo Rojo, en el que parece que sólo se puede sobrevivir gracias al amor de la familia, a la inteligencia del que se sabe más listo y, quizás también, gracias a la gran imaginación de quien es capaz de refugiarse en las cosas en las que cree. Como, por ejemplo, en la literatura.

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