Juana Salabert, ajuste de cuentas

00505LIBMUAunque muchas voces han reprochado a los intelectuales españoles su silencio en estos tiempos sombríos, basta con visitar alguna librería para comprobar lo injusto de la acusación. Durante estos últimos siete años se ha publicado un buen número de obras que diagnostican y denuncian, con más o menos fortuna, la terrible e insólita situación que sufren millones de españoles, después de que la codicia de los potentados y la estupidez de los políticos rebosaran el vaso de lo tolerable. Hay muchas formas de expresar la decepción y la furia con quienes nos han sumergido en este pantano, y una de la más interesantes es recurrir a la ficción literaria para envolver la denuncia en tramas tejidas de suspense, dramatismo e incluso cierto sarcasmo.

Juana Salabert, una de las escritoras más comprometidas del panorama literario español, se ha decidido por la novela negra para describir la imagen descarnada de la crisis en España. Se emplea a fondo la escritora nacida en París en 1962, pues no deja títere con cabeza en este relato furibundo que cuenta las peripecias de un joven y apuesto inspector de policía a quien encargan investigar los misteriosos asesinatos de varios usureros en Madrid durante un frío y alegórico invierno.

La escritora se sirve de su criatura para describir una ciudad sombría y decadente, atenazada por el miedo y la incertidumbre, por la que deambulan una serie de personajes que se debaten entre la indignación y la esperanza. Los asesinatos aparecen así como un pretexto metafórico de la degeneración social que impone ese instinto de supervivencia que se ha adueñado de la gente. Los misteriosos mensajes que aparecen sobre los cadáveres, y los anónimos que el asesino envía a los medios de comunicación justificando sus actos, le dotan de un carácter justiciero con el que la escritora parece querer explorar los límites de la desesperación y la rabia.

Pero no queda ahí el asunto. En La regla del oro hay mucho más. Salabert refuerza el tono fatalista que preside toda la novela, al situar buena parte de la acción durante las fiestas navideñas del apocalíptico 2012, estableciendo un irónico paralelismo entre los augurios mayas y esos armagedones íntimos que sufrieron muchas de esas personas que contemplaron la aniquilación de sus confortables y rutinarias existencias. El miedo se convierte así en un elemento crucial de la trama, pues los asesinatos no hace más que alimentar la amenaza que impregna el ambiente.

Tampoco es casual que la historia suceda en buena parte en el barrio de Salamanca, pues ello permite a la autora mostrar la decadencia de esa burguesía acomodada que tan bien sirve a su intención crítica. Así, en la nómina de personajes que pululan por las páginas de su novela se encuentran intelectuales atormentados, comerciantes presas de la incertidumbre, familias con posibles venidas a menos y profesionales que esconden su fracaso en las sombras de algún bar.

Salabert muestra una gran habilidad para sortear las digresiones en un texto con clara voluntad de denuncia. Y cuando ve que la narración deriva hacia el fárrago discursivo o la ira se desboca, se saca de la manga un golpe de efecto que endereza el rumbo del relato hacia la ficción que lo sustenta, manteniendo así el ritmo de la historia sin que pierda ni un ápice de intensidad. La intriga mantiene de esa forma el control del relato conduciendo al lector hacia una conclusión sorprendente.

Los personajes están muy bien definidos, reforzando ese realismo que dota de inquietante verosimilitud a toda la novela. Todo lo que aparece en ella resulta familiar, aunque sombrío y triste. Es un relato sin héroes pero con numerosas víctimas. Muestra la naturaleza humana en su plenitud, confrontando a sus criaturas no sólo con las circunstancias que determinan sus rutinas, sino también con esos rasgos que dibujan el mapa de sus existencias más íntimas e inconfesables, en las que la amistad se muestra como la última línea de defensa. No hay moralina, pero sí un sentimiento explícito de lo auténtico.

La escritora demuestra una vez más que mantiene el pulso firme en lo literario, y el espíritu inquieto ofreciendo una obra bien trabada y enjundiosa que se lee con sumo placer.

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