Al revés

_photoname.gifSale de nuevo a escena un escritor —en el sentido pleno de la palabra— que vive al margen de esos amplios territorios dominados por la industria editorial, arrimados al éxito y al comercio, que suelen ser los que venden, pero no los que logren la posteridad. Uno de esos escritores cultos que se niega a ofrecer productos consabidos, sobados asuntos, lugares comunes de una narrativa que se desliza por la novela negra o por la histórica en líneas generales. El aragonés, aunque asentado en Madrid, se ha propuesto romper moldes, modificar criterios, buscar nuevas líneas aunque alguna de ellas conduzca al error o a la falta de entendimiento.

Los misterios es una novela compleja, difícil de conseguir, tanto en la trama como en el discurso. Una trama al revés porque se deduce que cualquiera de los que estuvieran reunidos en una estancia en un seminario son o han sido capaces de acudir al homicidio de un gurú que ejerce de jefe en esos ejercicios espirituales que tan irónicamente presenta López Serrano. En lugar de seguir el curso de una investigación en torno a una muerte, y de comenzar la película con el asesinato, se procede de forma inversa. Se presenta a los personajes, se les deja que actúen, se les sube al escenario del crimen y se deja que ellos mismos expresen sus puntos de vista hasta llegar a la penosa condición de la existencia humana: todos hubieran podido ser acusados de organizar el crimen, de asumir la penitencia, de ejercer la venganza o de expresar el odio. Una perspectiva negativa, que puede resultar irónica en muchos aspectos, pero que define la posición ideológica de un autor crítico, pesimista, contagiado de un poso filosófico y trascendente que no es frecuente en el escritor español.

López Serrano se enfrenta a una serie de figuras que pertenecen al universo de los escritores, arquitectos, psicólogos y artistas que participan a la sombra del Pirineo de unas sesiones de experimentación con sustancias alucinógenas —presente en alguna que otra construcción suya— lo que  le da pie para entrar a saco en unos diálogos de tono elevado sobre la literatura, los conceptos racionales, los viajes por los caminos de la liberación, que lo arrastran por lances irracionales o por senderos poco trillados. Diálogos guiados por la astucia y el saber, poco habitual en los momentos actuales en donde cunde la nada, el relleno y el vacío intelectual. Un escritor de esos que se quiere escapar de las redes de la convención, que pretende auparse evadiendo terrenos comunes, que consigue, aunque sea a costa de forzar los tonos, de escapar de la opresión de la mediocridad que nos invade. Y todo ello con un discurso plagado de diálogos divertidos, curiosos, y de una escritura muy pulcra y conseguida, cosa no habitual en nuestros días, en donde asistimos a una tibieza en las formas que asustan.
Francisco López Serrano nos conduce por sitios distintos a los que nos conduce una parte de la producción actual. Se engolfa en pasillos colaterales, penetra en habitaciones reservadas al interior de los personajes, se burla de lo serio y discute sobre lo que es arte o industria editorial. Imita con gracejo el acento porteño, narra en primera persona un discurso bien organizado y entre bromas y veras nos sitúa en pocas páginas en un escenario en donde el mundo, como queda dicho, funciona al revés, con posturas que apuntan al cielo y con palabras que nos llevan al infierno.

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