El abismo de la degradación

portada_el_invierno_m__s_fr__oEl 24 de octubre de 1929 el mundo estalló en pedazos, y millones de personas quedaron atrapadas en los escombros de una ilusión fatua, sin reconocerse entre ellos ni a sí mismos. La lucha por la supervivencia había comenzado, y para muchos de las víctimas fue una experiencia que jamás pudieron olvidar.

De aquellos tiempos sombríos quedaron numerosos testimonios, algunos de ellos especialmente desgarradores como los de John Steinbeck en Las uvas de la ira, Dos Passos en su Trilogía USA, o Dorothea Lange con su estremecedora colección de fotografías que aún permanecen adheridas a las conciencias de los norteamericanos. Pero su visión del drama, aunque lúcida y certera, no supera el obstáculo de la distancia, de la interpretación de una realidad atroz que sus autores vivieron de soslayo.

Tom Kromer fue en cambio una de esas víctimas de la hecatombe. Hijo de minero y con estudios universitarios, se vio arrojado a las calles durante cinco años terribles, cuyas experiencias plasmó en notas sueltas escritas donde buenamente podía. Esas anotaciones le sirvieron después para componer la que, en definitiva, iba a ser su única obra publicada, Nada que esperar, que se convirtió en uno de esos documentos fundamentales para entender la auténtica dimensión de la tragedia.

«Como no tenía intención de publicar Nada que esperar, lo escribí tal y como me iba naciendo, y el lenguaje que utilicé fue el lenguaje que utilizan los vagabundos, pese a que no es el más agradable del mundo. Garabateé fragmentos de este libro en papeles de fumar Bull durham y en los márgenes de folletos religiosos. Los garabateé en vagones de mercancías, en centenares de albergues cristianos, en celdas y calabozos, en cobertizos ferroviarios y en pensiones de mala muerte. Y en algunas ocasiones memorables llegué incluso a teclearlos con mis dos dedos índice en una máquina de escribir como Dios manda».

Kromer resume con estas palabras su odisea. Un viaje dramático a los abismos de la degeneración humana. Un texto lleno de verdad que estremece, que se agarra a las entrañas del lector cuando comprueba hasta qué extremo es capaz de llegar un ser humano por sobrevivir.

No es una lectura fácil, aunque sí necesaria. Es preciso hacer acopio de presencia de ánimo para acompañar a Kromer en esta aventura. Pues con él se siente el hambre, el frío, el dolor, la rabia y la humillación; y también el escalofriante desprecio al que se vio sometido por sus semejantes.
La mirada del autor nos dirige hacia el delirio colectivo que engendra la pérdida de la dignidad. En esa jungla el ser humano se transforma en bestia, extrae de sí mismo la parte terrible del instinto.

Hay pasajes especialmente dolorosos, lacerantes, incomprensibles para espíritus civilizados. El ser desprovisto de su humanidad, abandonado en un mundo hostil en el que la muerte es la única salida.

No hay más intencionalidad en Kromer que relatar una experiencia. E igual que las fotografías de Lange expresan una realidad despasionada, las palabras de Kromer se limitan a describir una rutina aniquiladora. Como bien revela en la breve autobiografía que cierra este volumen, el autor no pretende crear nada, sino reflejar sin tapujos la realidad de miles de compatriotas abocados a la miseria más absoluta, que es la suya propia.

Nada que esperar, una obra hasta ahora inédita en España, se suma así a esa nómina documental de un periodo ominoso, fruto de la codicia y la sinrazón que lejos de estar superado sigue pesando sobre las vidas de las sociedades actuales como una amenaza constante.

Tras esos cinco años terribles, Kromer vio publicada su crónica del estrago, pero en 1937 decidió dejar de escribir. Así, además de Nada que esperar, apenas se conoce de él algunos relatos cortos, cuatro de los cuales se incluyen en este libro.

Esta puede ser una de las sorpresas literarias de la temporada, pues a pesar de la dureza de su contenido constituye un testimonio de primer orden sobre uno de los acontecimientos más terribles del último siglo, así como un aviso de que nada de lo sucedido sirvió para impedir que ese peligro continúe acechando por doquier.

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