El enigma del Sirio envuelto en literatura

olasLas aguas de Cabo de Palos guardan un secreto. A tres millas escasas de la costa y a cincuenta metros de profundidad yace el Sirio, uno de aquellos monumentales transatlánticos que surcaban los mares a principios del siglo XX. Tras partir de Génova con rumbo a Buenos Aires con más de ochocientos pasajeros a bordo, el buque se desvió inexplicablemente de su ruta y naufragó en los bajíos de las islas Hormigas, muriendo cientos de personas. Era el 4 de agosto de 1906, a mediodía, con mar calmo y buena visibilidad.

¿Qué sucedió realmente? La leyenda del Sirio comenzó a forjarse en el preciso momento de la tragedia. Hasta hoy todo son conjeturas, pues nadie asumió la responsabilidad de aquel terrible suceso, y los supervivientes fueron presas de la gratitud. Los restos de aquel titán de los mares, envueltos en el silencio de las profundidades, se muestran sin embargo elocuentes. Y únicos testigos que quedan de la catástrofe, los faros y el mar, centinelas mudos e imperturbables que siguen guiando desde las alturas los destinos del navegante, guardan celosamente en sus muros de piedra y agua lo que esconden las olas.

El Sirio sigue siendo un fantasma que deambula por Cabo de Palos fascinando a todo aquel que gusta de los misterios. La escritora madrileña Emma Lira esa una de ellas. Y fruto de ese interés es Lo que esconden las olas, una novela que se alimenta del enigma y que adquiere un extraño sentido cuando se contemplan los escenarios sobre los que se asienta el relato. Subir al faro de Cabo de Palos para convertirse en aquel vigilante que contempló el desastre, caminar por los muelles o navegar hasta el pecio e imaginar que a allí abajo descansa la Historia es una experiencia estremecedora. Un viaje en el tiempo para sentir el horror, conmoverse con el arrojo de los héroes que arriesgaron sus vidas para socorrer a los náufragos, y temer la implacable fortaleza del mar.

Y después de esa visita Cabo de Palos deja de ser ese agradable pueblo marinero para adquirir una dimensión intemporal e inquietante. Un lugar en la Historia.
Desde luego, la tragedia del Sirio es uno de esos episodios tentadores para cualquier escritor inquieto. Y no sólo por los enigmas que aún quedan por resolver, sino también por las historias que, imaginadas o no, rodearon ese suceso. El navío era una expresión de la realidad social de la época, pero la muerte se muestra aquí como la gran igualadora, sin reparar en la posición ni en las facultades de sus presas.

El naufragio se muestra así como un acto de redención, en el que sucumben los espíritus de quienes lo sufrieron, pero también es una metáfora de la grandeza humana, de ese instinto de supervivencia que en ocasiones alumbra una extraña solidaridad. El arrojo de los salvadores y la atención de las gentes de aquella aldea conmocionada por la tragedia, constituyen el contrapunto de la vesanía de quienes incomprensiblemente dieron lugar a la catástrofe. Un contraste que, como una representación del dios Jano, ofrece las dos caras de la naturaleza humana.

Lira recoge esas realidades y las envuelve en una intriga sobrecogedora, en la que el misterio preside toda la narración. Además de analizar los hechos, sin caer en conjeturas innecesarias, y con una asombrosa sobriedad, construye una ficción que se adapta a la perfección a los aspectos enigmáticos que rodean al suceso.
Emplea para ello dos perspectivas narrativas diferentes: la que da cuenta de la tragedia en sí misma, con todos los acontecimientos que la rodearon e incidiendo sobre todo en el comportamiento de la tripulación al mando de la cual estaba el capitán Piccone, quien nunca reconoció su responsabilidad en el naufragio; y por otro lado muestra el impacto que sufre el joven Sandro, protagonista a su pesar de esta historia, cuando se enfrenta a una realidad que se le ha hurtado durante toda su vida.

La curiosidad que despierta lo prohibido es el leit motiv que determina el comportamiento del personaje, cuando contempla el batir de las olas en el mismo lugar donde comenzó toda su búsqueda.

Lira emplea un estilo vigoroso y a ratos complejo para narrar una historia apasionante, en la que se nota su plena dedicación. Desapasionada y distante, la autora madrileña extrae sin embargo toda la esencia literaria del hecho histórico, centrando su mirada más allá de los personajes, explorando así su personalidad y dotando al relato de esa intensidad emotiva que conmueve al lector a la misma vez que atrae su atención, gracias a la destreza en la administración de los ritmos y la información, creando así un suspense que mantiene vivo el interés hasta la última página. Una novela apasionante que reivindica uno de los sucesos más terribles y misteriosos ocurridos en nuestro país, y del que sin embargo muy poco se sabe. El ejercicio merece la pena sin duda, pues estamos ante una novela ingeniosa y reveladora.

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