El mar consigo

donde__nace_el_mar._clementsonCarlos Clementson (Córdoba, 1944) acaba de publicar su último libro de poemas, Donde nace el mar, en la colección Adelfos de la Asociación Cultural Andrónima de su ciudad natal. Considera Clementson este libro su autobiografía espiritual y no es extraño que en sus poemas haya dejado muchos fragmentos de su propia vida contemplada entrañablemente desde la madurez. Porque personajes, espacios, lugares y lecturas se entrecruzan y funden con personas que han forjado, con él, toda una existencia.

Clementson en este sentido ha realizado un amplísimo esfuerzo de concentración a través de la vida y del tiempo, sobrepasando los límites de lo concreto para recrearse y gozar de la memoria y los recuerdos. Personas, tiempos y lugares reviven para el poeta esos fragmentos de existencia que él eterniza con su brillante e imparable palabra poética.

Hay en todo el libro una ansiosa pasión reiterada y anunciada ya desde el mismo título, Donde nace el mar. El mar como vivencia, el mar como influjo y como recuerdo, pero también el mar como esencia indisoluble con el poeta desde antes de nacer. El mar es obsesión reiterada a lo largo de muchos poemas de este cordobés de tierra adentro que, incluso, a la hora de evocar el ambiente y el encanto de su Córdoba natal, solo echa de menos en su ciudad el mar, aunque al poeta no le inquieta porque, como asegura, el mar va consigo.

El mar es la luz y la hermosura de un Mediterráneo vinculado a niñez y adolescencia, disfrutado en juventud y añorado en madurez. El mar es Águilas, pero también es el mar de Grecia, indeleble y permanente en su luz, su potencia cromática, sus aromas, su temperatura, revivido en sensaciones que se hacen permanentes e indisolubles.

Estructura Clementson su libro en cuatro partes que, en realidad, no alteran ni menoscaban la cohesión general del poemario, aunque en cada una de ellas se reúnen poemas con un cierto hilo argumental común. La primera deja sentir la tensión del tiempo, ya que, con el título de El don de los días muestra el discurrir de la existencia a través de una serie de estancias presididas por la memoria y los recuerdos, que  en la sección segunda, Donde canta la luz, insiste en el prodigio de la existencia vinculada a espacios familiares y encuentros dichosos, siempre presidida por la claridad en un aire límpido y refulgente, mediterráneo y brillante.

Las fiestas solares titula la tercera parte y, en efecto, son los gozos de la vida los que presiden sus estancias con aires de anacreóntica y de geórgica virgiliana. Espacio de himnos en el que la luz sigue siendo protagonista como lo es la vivencia de esa luz gozosa que ahora preside todos los poemas.

La cuarta sección, El jardín de los cedros, está presidida por la memoria y dominada por un tono elegíaco que se revela en la evocación constante y permanente de la imagen de la madre, que el poeta no llegó a conocer. Imagen rediviva en la prehistoria propia y personal, aun antes de la vida, donde lo entrañablemente familiar se asume en  la constancia del recuerdo imposible. Porque en este libro, en conjunto, lo familiar y lo doméstico dominan muchas de sus representaciones, en las que la amada protagoniza, con su permanente y serena presencia, el transcurso de los días y el devenir imparable del tiempo. No puede sorprender al lector, por tanto,  que el libro se cierre con un epitafio propio futuro, en el que el poeta confirma definitivamente y para la eternidad su inagotable piedad filial.

El vitalismo total que preside la poesía de Carlos Clementson a lo largo de su dilatada trayectoria se muestra ahora también en la riqueza de  sus imágenes, en la brillantez y exactitud de sus metáforas y, sobre todo, en la vivencia de la naturaleza y del paisaje. Todo está poblado de hermosura natural y cada objeto evocado trae consigo memoria y tiempo, y recupera existencia… Confirma todos estos efectos la excelente calidad de la palabra poética de Clementson, tantas veces manifestada en su obra anterior y forjada en la exuberancia de su desbordada imaginación siempre imparable.

Aunque tal riqueza expresiva no está en ningún modo reñida con el tono intimista, recoleto y profundo de muchas de sus evocaciones poéticas, sobre todo cuando se muestra comprometido, angustiado algunas veces y siempre anhelante en su lucha por comprender su destino. La profundidad de tantos desvelos está, del mismo modo, expresada con nitidez superior y sin alambiques superficiales. Nacimiento, vida, muerte, destino, presente, pasado, futuro protagonizan una poesía de madurez que nos devuelve al Carlos Clementson de siempre.

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