El nombre oculto de Dios

Que la industria editorial pasa por el peor momento de su historia es algo que vengo escuchando desde que tengo uso de razón. También vengo oyendo parecidos lamentos referidos a la industria del automóvil, la conserva vegetal, el textil, la fruta de hueso, la pesca extractiva, la Unión de Actores… Quiere decirse que la industria del libro es particular: cuando llueve se moja, como las demás. En cualquier caso, lo cierto y verdad es que este año el sector ha crecido en España un 4,6%, para chasco de las plañideras y pasmo de tantos escritores que no cobran derechos de autor.

Hace una década, uno podía sostener una editorial con sólo que tus libros fuesen buenos de leer, porque la literatura se vendía poco, siempre menos que las bragas o que las sardinas; pero se vendía sola, porque en el bachillerato no estaba prohibida la lectura. Hoy todo eso resulta mucho más difícil, porque los buenos textos que tú vayas a editar para los lectores que queden por ahí se encuentran en internet a disposición de los ladrones que ejercen su oficio al amparo del ecosistema ético español, que ensalza el perroflautismo digital y permite que cualquier robaperas se nos presente como si fuese un héroe de la Libertad.

Frente a tanta calamidad, los (mejores) editores han optado por esmerarse en todo aquello que constituye el fundamento de su profesión: cuidar las traducciones, los diseños, las ilustraciones, el papel y todo aquello que convierte el libro en un objeto de deseo para los letraheridos que disfrutamos de estas parafilias; por ahí van Atalanta, Acantilado, Siruela, Libros del Zorro Rojo, Reino de Cordelia, Alba…

La receta no es nueva, sino todo lo contrario. Los libros han sido, desde sus orígenes, objetos de lectura, estudio y otium cum dignitate, claro; pero también productos del arte más refinado, objetos de lujo e incluso símbolos de poder. De hecho, la más alta expresión del arte medieval fueron los libros, mucho más que la pintura, la escultura o incluso la arquitectura, y no conozco a nadie que no se rinda ante la belleza inefable que encierra cualquier códice salido de la mano de aquellos monjes se dejaban los ojos en sus scriptoria para caligrafiar e ilustrar las vitelas sobre las que plasmaban su fe, su esperanza, sus demonios y su visión del Mundo, del Hombre y de Dios.

El  Gran Evangeliario de San Columba, más conocido como el Libro de Kells es un buen ejemplo. Ignoramos quiénes fueron sus autores; no está tampoco claro si su origen es escocés, inglés o irlandés. Sabemos que la factura se extendió a lo largo de tres siglos, del VI al IX, y que no llegó a terminarse nunca, pese a lo cual, el conjunto presenta una técnica uniforme y una estética armónica, tanto en la caligrafía como en las ilustraciones. El Evangeliario sufrió no pocos avatares amargos y llegó a ser presa de los vikingos, quienes le arrancaron las cubiertas, que eran de oro y piedras preciosas, y lo arrojaron al fuego, del que se salvó milagrosamente; como se libró de las hogueras purificadoras de la caballería de Cromwell. En la actualidad, el manuscrito se conserva en Irlanda, en el Trinity College de Dublín, donde se exhiben sus 340 folios de pergamino, redactados en las mayúsculas y a cuatro tintas: negra, malva, roja y amarilla.

Un escritor del siglo XII, Giraldus Cambrensis (Gerardo de Gales), describe así sus maravillas: «Este libro contiene el rostro de la Majestad, divinamente dibujado, aquí los símbolos místicos de los evangelistas, cada uno con sus alas, a veces seis, a veces cuatro, a veces dos; aquí el águila, allí el toro, allá el hombre y acullá el león, y otras formas casi infinitas. Observadlas superficialmente con una mirada ordinaria, y pensaréis que no son más que esbozos, y no un trabajo cuidadoso. Pero la más refinada habilidad está a vuestro alrededor, aunque quizás no lleguéis a percibirla. Mirad con más atención y penetraréis en el corazón mismo del Arte. Discerniréis complejidades tan delicadas y sutiles, tan llenas de nudos y de vínculos, con colores tan frescos y vivaces, que podríais deducir que todo esto no es obra de un hombre, sino de un ángel».

El Libro de Kells está en la red, a disposición de cuantos no alcancen a ir a Dublín, pero quieran perderse en él. Si atienden a sus formas conocerán el Álgebra de la Belleza; y como el Zahir, no lo olvidarán nunca, porque habrán visto las letras con que se escribe el nombre oculto de Dios.

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