En los principios

la-isla-de-la-infanciaEn los dos extensos volúmenes anteriores que se han publicado de este noruego hasta el momento habíamos asistido a la naturaleza enamorada en uno de ellos —por tanto, cuando era adulto y padre— y a rescatar la figura del padre, una vez que éste había alcanzado la madurez, lo que situaba la obra también en la mayoría de Karl Ove, autor que se ha impuesto la gozosa tarea de resucitar en seis tomos lo que ha sido su vida, también el pensamiento que le acompaña en su peregrinar por el mundo. Lógico era que descendiera a sus primeros días en esta ocasión, que alcanzara los primeros pasos, incluso asombra que comience cuando iba en un carrito, con muy pocos meses,  arrastrado por su madre, hasta llegar a los años de colegio e instituto que son realmente los que se concentran en esta obra gigantesca, hercúlea, posible solamente para un hombre con un potencial literario imponente, dotado con una fuerza impresionante, y todo ello a través de una escritura tan directa como jugosa. Pocas veces se habrá llevado a cabo esta empresa de igual manera sin perder en ningún momento la atención de un lector  apabullado por la meticulosidad del excepcional narrador, de quien recuerda en primera persona, y del que levanta los restos de su primitiva existencia en zonas apartadas del mundo, entre nieves y fríos, con la familia y los amigos, con sus novietas y amigas, con la ruda y espartana educación de un padre maestro y el talante más abierto de su madre, enfermera. Y con un hermano mayor que le hace grata compañía, lo guía por la melodía de la música pop —importante en todo momento y presente en todos los apartados— y lo ayuda en el arte de aprender en el conocimiento y en la vida.

Pocas veces hemos asistido a este renacer de los recuerdos de manera tan activa y fecunda, de un aventajado alumno de Proust que no se deja llevar por los recovecos ni las metáforas, mucho menos por los meandros que lo llevan a lugares apartados o a lugares aislados. Su manera de novelar la vida —su vida— es la de ir por el camino más recto, por el modo más sencillo, siempre derecho, casi sin dar  entrada —tal como hacía en los dos bloques anteriores— a la reflexión sobre los sucesos. La meta en esta obra es ir derecho a los hechos captados a través de una memoria prodigiosa y de un sentido estético de la naturaleza —la descripción abunda en sus páginas— que perdura a lo largo de toda la extensa composición. Un escritor que, una vez que el lector penetra, atrapa al lector como muy pocos lo consiguen.

Estamos ante un escritor realista, barojiano a veces y delicado las más, guiado por los miedos y traumas ante la severa figura del padre, tierno con otros, pletórico de recursos lúdicos, de idas y venidas, de juegos y prácticas en sociedad muy distinta a la española. Con presencia de lo escatológico en distintas escenas y con divertidos enredos sentimentales en edad prematura, lo que hace que la obra nos lleve por la zona de la ironía o por la travesía de la amarga verdad. Un héroe que se va levantando a sí mismo, que nos guía con mano segura y firme, que se engrandece con el paso de las páginas. Un escritor dotado de mucho cuajo y mucha pluma para llevar a cabo un ambicioso proyecto de contarse a sí mismo y lo que fue su sociedad en los primeros momentos. Un repaso a las travesuras y equivocaciones, a la educación en país helado y las relaciones familiares que mantuvo este formidable escritor en sus primeros días.

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