James Salter, del lujo y las cenizas

En estos días las malas noticias irrumpen con una facilidad a la que todavía no estamos acostumbrados. El sábado pasado me llegó un whatsapp: «Siento mucho la muerte de Salter» ¿Qué? ¿La muerte de James Salter? Diez días antes, yo le había enviado un mail al escritor americano, felicitándole por su 90 aniversario, y Salter, tan afectuoso y cordial como siempre, me contestó que lo celebraría con una cena íntima —sólo habría 24 invitados— en la zona exclusiva de Long Island donde vivía (aunque él siempre decía que su casa estaba en una zona modesta, «a 250.000 dólares de la playa»). Por lo que sé, la cena fue muy bien —sus amigos le regalaron una edición de Billy Budd, de Melville—, pero diez días más tarde, Salter tuvo un infarto mientras estaba haciendo rehabilitación para una reciente operación de bypass. Y si Salter tuvo la suerte de tener una vida que todos habríamos envidiado, también tuvo la muerte que todos quisiéramos tener: a los 90 años, en plena forma física, feliz porque sus libros por fin habían alcanzado el reconocimiento que merecían, y tranquilo porque había hecho con su vida lo que una persona decente habría deseado hacer.

A veces, cuando me pregunto quién me habría gustado ser, siempre pienso en Leonard Cohen. Pero ser James Salter tampoco habría estado nada mal. Fue piloto de combate en Corea, vivió en Europa, mantuvo una larga relación de amor con Francia —su novela Juego y distracción es una de las mejores novelas sobre la vida en Francia que he leído en mi vida—, y además se pudo permitir una vida envidiable escribiendo guiones de cine para Hollywood, aunque Salter siempre vivió en Nueva York o en su casa de Aspen, donde tenía de vecinos a Jack Nicholson y al gran Hunter S. Thompson, el rey del periodismo ‘gonzo’, a quien describió con gran perspicacia como «un moralista que se disfrazaba de inmoralista»). En 1968, cuando los jóvenes parisinos se dedicaban a hacer la revolución buscando los adoquines bajo las playas (¿o era al revés?), Salter y su amigo Robert Refdord recorrieron las mejores estaciones de ski de Europa buscando información para una película sobre esquiadores que hicieron juntos (El descenso de la muerte). Salter dijo que su relación con el joven Redford fue un poco la de Falstaff y el príncipe Hal. Dios santo, quién pudiera haber sido ese Falstaff. O ese Hal.

A Salter le han criticado que sus relatos y sus novelas traten de ese mundo de gente elegante y sofisticada que viaja por Europa y vive en casas que podrían salir en cualquier revista de decoración, olvidándose de la gente que lo estaba pasando mal en un mundo plagado de injusticias. Pero es que ese mundo de privilegiados de los Hamptons era su mundo, y si quería ser sincero y hablar de lo que conocía, Salter no podía contar otra clase de historias. Con su amigo el escritor Peter Matthiessen, que vivía en una casa muy cerca de la suya, tenía la costumbre de bañarse en la playa de Bridgehampton todos los primeros de noviembre, y luego se tomaban un martini helado en la playa mientras sus esposas jugaban al tenis. Cuando estuve en su casa, Salter me llevó a la playa en su viejo Mercedes azul —en el que había un casette del Nashville Skyline de Bob Dylan en el asiento trasero, aunque Salter se apresuró a asegurarme que no era suyo—, y me enseñó el lugar donde solía meterse en el agua porque era el mejor para nadar, lejos de las corrientes traicioneras que abundaban por allí. Me contó que iba a la playa con su mujer, Kay, siempre a primera hora del día, cuando sólo había una caravana que vendía sándwiches de huevos fritos y unos pocos surferos intentaban pillar una ola. Nadar en el agua helada del Atlántico le permitía sentir «una poderosa sensación de inmortalidad», aunque más de una vez, según supe, le pilló una mala ola que estuvo a punto de ahogarlo.

A pesar de los ambientes exquisitos que retrataba en sus libros, la literatura de Salter es una de las más melancólicas que existen, porque el tema esencial de Salter no son las mujeres hermosas ni las grandes casas ni las acciones de guerra que no sirven para nada, sino la indestructible fugacidad de la vida que todo lo destruye y todo lo convierte en una mota de polvo.  Juego y distracción es una de las novelas más sensuales y eróticas que se han escrito, pero al mismo tiempo no hay una novela más avasalladoramente triste que ésa.

Y lo mismo puede decirse de  Años luz, que para mí —y para mucha gente que admiro— es una de las mejores novelas americanas de todos los tiempos. Y por supuesto que esto se aplica también a sus cuentos de Anochecer o La última noche, en los que Salter es capaz de comprimir una vida en dos líneas, o incluso en una sola. Uno de esos cuentos, Arlington, cuenta una reunión de viejos camaradas del Ejército que van al entierro del oficial que los mandó. Al final del relato, cuando suena la corneta con el toque de silencio, el protagonista —un tipo que ha echado a perder su vida y su carrera militar por una mujer que luego lo dejó tirado— se lleva la mano al corazón y hace el saludo militar, lejos de todos sus compañeros, «con firmeza, leal, como el estúpido que siempre había sido».

Han enterrado a James Salter en Bridgehampton. Todos los que le quisimos, todos los que le admiramos —y somos muchos— deberíamos despedirlo saludando con la mano en el corazón, con firmeza, leales, como los estúpidos que siempre habíamos sido cuando teníamos que compararnos con él.

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