Jordi Nopca, la tragicomedia cotidiana

vente_a_casa¿Qué ha de suceder para que una vida se desmorone? Embelesados por un concepto colectivo de la tragedia, no siempre se repara en esos pequeños terremotos cotidianos que desvían el rumbo de la existencia, convirtiendo a quien los sufre (en realidad todo el mundo) en víctimas de lo repentino aunque no sea inesperado.  La muerte de un ser querido, el amor y el desamor, la pérdida del trabajo, de la confianza o las expectativas, la traición, los celos, la indecisión o las oportunidades perdidas por cualquier razón aparentemente trivial; todo forma parte de ese espacio íntimo que, sin embargo y a fuerza de repetirse, constituye el universo colectivo en el que habitamos sin apenas darnos cuenta.

Jordi Nopca ejerce de periodista en el espacio interior de la gente corriente, y aguza la mirada para captar la esencia de las emociones que lubrican la maquinaria de la vida. Observa detenidamente el comportamiento, las actitudes, las reacciones de esos seres que deambulan, casi invisibles, a su alrededor y corporeiza sus sentimientos, convirtiéndolos en señales rontundas del ser. Trasciende lo trivial y lo muestra en carne viva, y la imagen que proporciona logra estremecer a quien la contempla.

El escritor arranca diez jirones a la rutina, los envuelve en literatura y los muestra sin pudor para que el lector compruebe la enorme fragilidad del ser humano, su vulnerabilidad ante lo cotidiano. En esas diez estampas de la vida, Nopca habla del amor, la muerte, el desarraigo, las dudas, la soledad o la degradación, pero también de las ilusiones, las esperanzas, el cariño y la amistad. Y todo ello en una Barcelona a la que le ha extirpado el eterno literario, para mostrarla en su pura realidad: una ciudad moderna y cosmopolita que no logra escapar de las consecuencias de la decadencia social que acarrea un país sumido en una crisis que se antoja eterna.

Sobre ese escenario actúan sus personajes: unos jóvenes, otros menos, presas de sus circunstancias. Desde ese chico tímido que seduce a la dependienta ocasional de una tienda de modas con unos vasos de chocolate caliente, durante unas frenéticas navidades, hasta el joven que contempla estupefacto cómo su padre decide aprender a tocar el saxo y su abuela se empeña en que sus vecinos le han enviado al demonio a su casa; o un peluquero canino que sustituye a su atribulada novia por un perrito faldero, una pareja de chinos que regentan un bar al que acude casi a diario una señora borracha que oculta un terrible secreto; el escritor petulante y soberbio que maltrata a su traductor, hasta que ha de contemplar cómo éste se liga a la mísmísima hija de Blake Edwards; un hombre a quien ha abandonado su pareja y encuentra la solución a su miserable vida en el fondo de una bañera, durante una fiesta de estudiantes; una pareja de adolescentes cargada de dudas amorosas, que descubren su pasión en los aseos de un centro cultural; o la pareja aficionada a viajar que dedican su tiempo a conocer sus destinos a través de la literatura, y que una inesperada traición conducirá a la tragedia en casa de un conocido escritor suizo, en el que quizá sea el mejor de todos los relatos contenidos en este volumen titulado Vente a casa.

Tal y como refleja la cubierta del libro, Nopca se introduce en la intimidad de sus personajes como si estuviese mirando hacia un edificio, a través de cuyas ventanas puede observar las historias que se desarrollan en el interior de los apartamentos. Cada vida es un mundo digno de contar, y Nopca se erige en el cronista de esas realidad con un estilo asombroso, directo y, a la vez, cargado de lirismo. En sus relatos mezcla humor y drama en las dosis precisas para no caer en estridencias efectistas, y el resultado es un puñado de cuentos capaces de conmover que reflejan con una perspicacia extraordinaria el sentido de la vida.
Estos relatos fueron merecedores del Premio Documenta de este año. Y desde luego que no hay reproche posible pues no sólo proporcionan al lector ese deleite que sólo la gran narrativa es capaz de alcanzar, sino que atesoran esa enjundia que distingue a los escritores portentosos, y dotan a su obra de algo más que un mero vehículo para el entretenimiento: una lección de vida.

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