Los bastardos de la Easy

No sé cómo andamos de épica en los colegios en estos tiempos de estricta corrección política. Y si  esa corrección incluye, entre sus rigores, la prudencia a la hora de evitar las heroicidades bélicas  y  las gestas con sangre, sudor y lágrimas que antes se explicaban en las clases de historia o de poesía. El heroísmo que se resuelve a través del combate, me temo, ha de tener sus detractores puesto que concierne siempre a un enfrentamiento entre tirios y troyanos, romanos y cartagineses, moros y cristianos. Y ese enfrentamiento, cuando andamos por el mundo con un librillo de papel de fumar para no ensuciarnos las manos, debe resultar molesto a los espíritus pacifistas, a los grupos antiviolencia, a cuantos asumen posiciones ideológicas claramente definidas en el terreno político o confesional. Mejor ‘no meneallo’ debe pensar más de un cauto profesor, a la hora de meterse en camisa de once varas.

En mis días escolares la épica constituía una animada exposición de un suceso heroico destinado a exaltar los valores patrios. Y allí estaba el profesor contándonos el heroísmo de Sagunto contra Cartago, de Numancia frente a Roma, de Guzman el Bueno ante los sarracenos, del general Moscardó contra las ‘hordas rojas’ o de los últimos de Filipinas batiéndose el cobre en defensa de las colonias que constituían la esencia de la hispanidad. Ni que decir tiene la emoción que se desprendía al escuchar el valeroso y desigual combate de Daoiz y Velarde contra los franceses un dos de mayo de 1808, o la muerte de Churruca combatiendo, con una sola pierna, a los ingleses en la jornada de Trafalgar.

Curioso: aquella épica de la infancia, destinada también a cantar el valor de lo propio frente a lo extraño, se fue al carajo durante la adolescencia, cuando, a efectos de la primera globalización y su arma más poderosa entonces, el cine, aparecieron heroicidades ajenas que devinieron casi universales: los trescientos de las Termopilas, la carga de la Brigada Ligera en Batalclava, los tenaces resistentes del Álamo en Texas, los soldados azules del general Custer masacrados por la caballería sioux al mando de Toro Sentado. En fin, todo un cúmulo de violentas emociones que se convirtieron en mitos para los muchachos pusilánimes de una generación que no vivió ningún tipo de guerra, afortunadamente, y que tardó en darse cuenta de que, en la sordidez de una dictadura, cabía la épica de la resistencia.

Cuento esto porque mis jóvenes amigos, ahora hombres maduros, incapaces de matar una mosca, como antaño, alguna noche, permiten que al admirado modelo épico que llevan dentro, salga a dar una vuelta en la conversación. Y de este modo apareceen el recuerdo  el tema de  la Compañía Easy de la División 101 Aerotransportada. Es decir, aquel grupo de jóvenes paracaidistas que en la noche que precedió al desembarco de Normandía en 1944, cayó sobre las líneas alemanas, hizo el agujero consiguiente, combatió más tarde en las Árdenas y continuó luchando, sin descanso, hasta tomar el reducto del Nido del Águila y abrir las puertas de Berlin. Un mito agrandado por el cine y la literatura que ahora comienza a desmontarse con la aparición de un nuevo libro: Los trece malditos bastardos, de Richard Killblane y Jake McNiece (Plataforma Historia, 2015), destinado a mostrar la realidad de esa leyenda que dio origen a películas como Doce del patíbulo de Aldrich o Malditos bastardos de Tarantino, basado en el método de la historia oral y construido a partir de los recuerdos de los veteranos de la Compañía. Un testimonio crudo, casi terrible, que muestra el lado más oscuro de la guerra y el perfil más sórdido del héroe: un profesional de la lucha, violento por naturaleza ya en la vida civil, y capaz de matar sin titubeos para salvar su vida y tal vez la de sus compañeros más timoratos, destinados, por lo general, a ser carne de cañón. Es decir un relato, que elimina toda la poesía de la heroicidad para reducirla al mero instinto de supervivencia que no apareció nunca en los relatos de la escuela y que vierte  una ducha helada sobre el romanticismo épico que nos acompañó durante una niñez carente de los sangrientos escalofríos que producen hoy en día los videojuegos. Frente a aquello de «El Nepomuceno no se rinde a un solo navío, sino a toda la Armada inglesa» ahora nos queda la balandronada, no exenta de humor, del general McAuliffe, al mando de la Compañía Easy, comentando a sus soldados ante la presencia del ejército alemán, muy superior en número: «Pobres desgraciados, otra vez nos tienen rodeados».

Be Sociable, Share!

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *